Comprendiendo las Dinámicas Inflacionarias

Leyendo la magnífica obra de Ludwig von Mises, Planificación para la Libertad, nos encontramos con el siguiente ensayo sobre la inflación y las falacias populares en torno a la inflación . A pesar de que este ensayo fue escrito en 1945, el análisis permanece intacto y muy relevante hoy en día. Es por eso que he decidido publicar dicho ensayo a través de nuestro blog, para que nuestros lectores tengan acceso a este material,  ante la avalancha de falacias que existen en torno a la inflación por parte de economistas y gobernantes y académicos.

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Falacias populares sobre la inflación

La inflación es el proceso mediante el cual la cantidad de moneda aumenta considerablemente a espaldas del mercado. El principal medio del que se vale la inflación en Europa continental es la emisión de billetes de curso legal no convertibles. En este país (EE.UU.) la inflación se nutre fundamentalmente de los préstamos que el gobierno obtiene de los bancos comerciales, como también del incremento en la cantidad de papel moneda de diferentes tipos y de monedas divisionarias. El gobierno financia su gasto deficitario a través de la inflación.

La inflación tiene como consecuencia una tendencia general hacia la suba de los precios. Aquellos que se benefician con el flujo adicional de moneda pueden aumentar su demanda de bienes y servicios vendibles. Si las restantes variables permanecen constantes, este aumento de la demanda debe provocar un alza de precios. Ninguna filosofía o silogismo puede evitar esta consecuencia.

La revolución semántica, que es uno de los rasgos característicos de nuestros días, ha oscurecido y distorsionado este hecho. El término inflación es usado con un sentido diferente. Lo que la gente llama actualmente inflación no es inflación, es decir, un aumento de la cantidad de moneda y sustitutos de moneda, sino el alza general de precios y salarios que, en realidad, es la consecuencia inevitable de la inflación. Esta innovación semántica es peligrosa y requiere nuestra atención.

En primer lugar, no existen más términos disponibles para referirse a la inflación, entendida ésta como lo que antes significaba. Es imposible combatir un mal que no se puede nombrar. Los estadistas y políticos ya no tienen la posibilidad de recurrir a una terminología aceptada y entendida por el público cuando quieren describir la política financiera que combaten. Deben realizar una descripción y un análisis detallados de esta política, mencionando todas sus peculiaridades y brindando explicaciones minuciosas cada vez que desean referirse a ella, teniendo que repetir este molesto procedimiento cada vez que hacen referencia a este fenómeno. Al no poder asignar un nombre a la política que incrementa la cantidad de moneda circulante, el problema persiste indefinidamente. El segundo mal es causado por aquellos que realizan intentos desesperados e inútiles para combatir las inevitables consecuencias de la inflación (es decir, el aumento de precios), ya que disfrazan sus esfuerzos de manera tal que parecen luchar contra la inflación. Mientras enfrentan los síntomas pretenden estar combatiendo las raíces del mal, y al no comprender la relación causal entre el aumento de la circulación monetaria y de la expansión de crédito por un lado, y el alza de los precios por el otro, de hecho agravan la situación.

Los subsidios son el mejor ejemplo. Como ha sido señalado, los precios máximos reducen la oferta porque los productores marginales incurren en pérdidas sí continúan produciendo. Para evitar esta consecuencia, los gobiernos ofrecen frecuentemente subsidios a los granjeros que operan con costos más elevados. Estos subsidios se financian con una expansión del crédito adicional. De este modo, la presión inflacionaria se ve incrementada.

Si los consumidores tuvieran que pagar precios más altos por los productos en cuestión no existiría ningún otro efecto inflacionario. Los consumidores podrían utilizar sólo el dinero que ya había sido puesto en circulación, para efectuar esos pagos adicionales. Por eso la supuestamente brillante idea de combatir la inflación a través de subsidios provoca, en los hechos, más inflación.

 Las falacias no deben importarse

Actualmente, casi no existe necesidad de abordar una discusión sobre la leve e inofensiva inflación qué, en un régimen de patrón oro, puede ser resultado de un gran aumento en la producción de oro. Los problemas que el mundo debe enfrentar hoy en día son los referidos a los desbordes inflacionarios del papel moneda inconvertible. Tal inflación es siempre consecuencia de una deliberada política gubernamental. Por un lado, el gobierno no quiere reducir sus gastos. Por el otro, no desea equilibrar su presupuesto a través de exacciones impositivas o empréstitos gubernamentales. Prefiere la inflación porque la considera el mal menor. Sigue expandiendo el crédito y emitiendo moneda porque no percibe las inevitables consecuencias de esa política.

No hay que alarmarse demasiado por el nivel ya alcanzado por la inflación en este país (los EE.UU.). A pesar de que ha ido muy lejos y ha hecho mucho daño, realmente no ha creado un desastre irreparable. No existe duda de que los EE.UU. son aún libres para cambiar los métodos de financiamiento y para retornar a una política monetaria sana.

El peligro real no reside en lo ya acontecido, sino en las falsas doctrinas provenientes de estos hechos. La superstición según la cual el gobierno puede prevenir las inevitables consecuencias de la inflación a través del control de precios constituye el principal peligro. Esto se debe a que dicha doctrina distrae la atención pública del fondo del problema. Mientras las autoridades están empeñadas en una lucha inútil contra el fenómeno que acompaña a la inflación, sólo unas pocas personas están atacando el origen del mal, es decir, los métodos que el tesoro emplea para solventar los enormes gastos. Mientras la burocracia ocupa las primeras planas de los periódicos con sus actividades, los datos estadísticos referidos al aumento de la circulación monetaria de la nación son relegados a un espacio secundario en las páginas financieras de los periódicos.

También en este caso, el ejemplo alemán puede servir de advertencia. La tremenda inflación alemana que en 1923 redujo el poder adquisitivo a la mil millonésima parte del valor que tenía antes de la guerra, no fue un acto de Dios. Hubiera sido posible equilibrar el presupuesto alemán de posguerra sin recurrir a la emisión del Reichbank. La prueba de ello está dada por el hecho de que el presupuesto del Reich se equilibró sin dificultad apenas el gobierno se vio forzado a abandonar su política inflacionaria por la quiebra del Reichbank. Pero antes de que esto sucediera, todos los supuestos expertos alemanes negaron obstinadamente que el aumento en los precios de los bienes, en los salarios y en las tasas de exportación e importación tuviera algo que ver con el hábito gubernamental de derrochar sin medida. Para ellos, la culpa sólo era de aquellos que obtenían ganancias. Defendieron la observancia absoluta del control de precios como si fuera la panacea, y llamaron “deflacionistas” a aquellos que recomendaban un cambio en los métodos financieros.

Los nacionalistas alemanes fueron derrotados en las dos guerras más trágicas que registra la historia. Pero las falacias económicas que empujaron a Alemania a cometer sus abominables agresiones aún perduran, desafortunadamente. Las falacias monetarias, desarrolladas por profesores alemanes como Lexis y Knapp y llevadas a la práctica por Havenstein, presidente del Reichbank durante los años más críticos de la inflación, constituyen aún la doctrina oficial de Francia y muchos otros países europeos. No es necesario que los Estados Unidos importen estos absurdos.

Ludwig-von-MISES

 

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