El Origen de La Banca Central: Mito vs Realidad Histórica

La gran mayoría de los economistas, banqueros y políticos están convencidos de que los sistemas bancarios de la actualidad no podrían funcionar si una autoridad central (llámese Banco Central), que regula la oferta monetaria y la función del crédito en la economía. Bajo este supuesto, se llega a afirmar que la creación de los Bancos Centrales fue por motivos de estabilidad monetaria, financiera y bancaria, lo cual simplemente repasando e investigando la historia económica podemos darnos cuentas que dicho motivo para la creación de la banca central es un gran mito.  La historia de la moneda y del dinero, muestran que los gobiernos siempre utilizaron su poder para obtener el monopolio de la emisión, estrictamente para satisfacer sus necesidades de índole fiscal, política y militar. Estos poderes se han visto notablemente reforzados desde que los estados vislumbraron la posibilidad de emitir billetes de banco con un coste insignificante con respecto a su poder de compra (señoreaje), y ésta es la razón principal de la creación de los bancos centrales.

Resulta imprescindible, una vez comprendido el verdadero origen de la creación de los bancos centrales, utilizar ejemplos históricos que demuestran la naturaleza fiscal y política de dicha institución. Para esto, cito a continuación el análisis que explica el Economista George Selgin, en su obra “La Libertad de Emisión del Dinero Bancario: Crítica del monopolio del Banco Emisor Central” sobre la fundación del Banco de Inglaterra, el prototipo de los bancos centrales modernos:

El Banco de Inglaterra fue establecido por el rey Guillermo III en 1694 y fue creado para asegurar “ciertas recompensas y ventajas… a las personas que voluntariamente adelantaron la suma de un millón y medio de libras esterlinas para financiar la guerra con Francia”. En la época del mercantilismo ésta era una práctica habitual, otorgar privilegios especiales a empresas mercantiles a cambio de asistencia financiera que prestaban al Estado. No obstante, esta práctica bancaria continuaba siendo la habitual todavía en el siglo XX . El Banco de Inglaterra la siguió fielmente hasta 1826, asegurándose por sistema privilegios exclusivos adicionales a los que ya se le habían otorgado, con ese carácter, en su escritura de constitución. En 1697, a cambio de un préstamo al gobierno de 1,001,071 libras se le concedió un monopolio para el ejercicio de determinadas actividades bancarias que limitaban las competencias que venían ejerciendo los demás banqueros que no poseían ese carácter oficial concedido a este banco privado. En 1708, a cambio de un préstamo de 2,500,000 libras, los propietarios del Banco de Inglaterra, con sede en Londres, fueron recompensados con una ley que prohibía a los demás bancos privados con seis o más socios emitir billetes de banco. Durante todo aquel siglo se le fueron concediendo más y más privilegios a cambio de grandes préstamos al gobierno en 1742, 1781 y 1799. En 1826, el Banco de Inglaterra sufrió su primera derrota como consecuencia de una campaña dirigida por Thomas Joplin. Los bancos constituidos  en forma de sociedades por acciones conseguían el derecho a emitir billetes de banco fuera de un círculo con centro en Londres y un radio de 65 millas dentro del cual el Banco de Inglaterra conservaba su privilegio de ser el único emisor de billetes de banco. Pero esta amenaza de competencia por parte del resto de bancos se suavizó mediante una ley de 1833 por la que oficialmente se permitía a esos bancos de provincias a mantener una parte de sus reservas bancarias legales no en metal sino en billetes del Banco de Inglaterra y utilizarlas en lugar del metal a la hora de convertir sus propios billetes en dinero efectivo. Esto sirvió de estímulo para que los bancos que ejercían su actividad afuera de aquel círculo con centro en Londres comenzaran a considerar la tenencia de billetes emitidos por el Banco de Inglaterra como dinero de máxima liquidez, equivalente al lingote o la moneda metálica, un papel que aquellos billetes ya venían cubriendo, en la práctica, entre los que desarrollaban sus negocios dentro del círculo donde se regía el monopolio de emisión de billetes del Banco de Inglaterra. De esta forma aquel banco privado privilegiado pudo hacerse con el poder de manejar a su conveniencia la oferta de dinero bancario en el país.

              Entretanto, los bancos que se dedicaban al negocio de emitir billetes de banco convertibles en moneda metálica, conservando sólo una fracción de sus emisiones en metal, experimentaron una caída en su reputación financiera como resultado de la suspensión de la convertibilidad metálica, entre 1797 y 1821, erosionada nuevamente como consecuencia de la crisis de 1826. Las autoridades exigieron entonces que se limitaran las emisiones de billetes de banco sin tener en cuenta que los poderes de emisión del Banco de Inglaterra eran muy superiores a los de los bancos provinciales que explotaban este mismo negocio fuera del área londinense y que eran más limitados. Se acusó injustamente a estos pequeños bancos de cometer excesos en las emisiones de billetes que tenían su origen en la propia política de emisiones del Banco de Inglaterra, y la consecuencia de todo esto fue la promulgación de la famosa ley de Peel de 1844, que prohibió a los bancos de provincias la ampliación de sus emisiones de billetes de banco. Toda nueva emisión que proyectaran tenía que estar respaldada al cien por cien por metal o billetes del Banco de Inglaterra.

              En último término, esto vino a significar que a medida que los bancos de provincias iban cerrando su negocio de emisión de billetes, el Banco de Inglaterra se hacía cargo y sustituía con sus propios billetes los que circulaban de aquellos otros bancos. Esto no hizo sino añadir rigidez al sistema y aumentar la dependencia de los bancos provinciales en el resto de las actividades bancarias que ejercían, por cuanto para satisfacer las demandas de dinero efectivo por parte de sus clientes tenían que acudir cada vez con más frecuencia al Banco de Inglaterra para disponer del mismo. Puesto que este banco, a su vez, tenía limitada por ley de Peel sus propias emisiones de billetes de banco, el sistema se mostró incapaz de hacer frente a cualquier aumento sustancial de la demanda del dinero efectivo respecto a la cuantía de los saldos en cuenta disponibles a la vista que, al limitar la emisión de billetes, se habían ido convirtiendo en el principal medio de pago.

              Por esta razón, aquella ley tuvo que dejarse en suspenso en repetidas ocasiones, hasta que el Banco de Inglaterra decidió asumir el papel de prestamista de última instancia durante las “crisis internas de liquidez”. Cuando el Banco de Inglaterra, una empresa privada privilegiada, reconoció sus especiales responsabilidades en lo que hacía al mantenimiento de aquella estructura piramidal del sistema de crédito bancario inglés, ofreciéndose a suministrar internamente la liquidez necesaria como último prestamista del sistema se puede decir, en verdad, que el sistema de banca centralizada quedó establecido y el Banco de Inglaterra se convirtió en el primer banco central del mundo. El resto de bancos centrales que se habían ido estableciendo en otras naciones acabó aceptando como prototipo el modelo inglés.

Como podemos observar mediante este pasaje de la obra de Selgin, resulta en un gran mito y sobre todo en la ignorancia hacia la historia económica afirmar que la creación de los bancos centrales se debe primordialmente a cualquier otra razón que no conlleve motivos fiscales y políticos. Los Bancos Centrales son entidades que fueron creadas con el propósito de ofrecer financiamiento a los estados tanto en tiempos normales para financiar déficit fiscal, para impulsar el gasto público o para financiar los gastos de la guerra.

LA-LIBERTAD-DE-EMISIÓN-DEL-DINERO-BANCARIO

 

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