Juan Carlos Cachanosky (Q.E.P.D.) explica el error de Keynes: La (no) refutación de la ley de Say.

Juan Carlos Cachanosky, Q.E.P.D., dentro de sus aportes nos presenta una crítica a Keynes, la cual consiste en explicar el error que éste último cometió al no comprender la ley de Say sobre los mercados. A continuación les comparto dicha crítica que se encuentra en el paper “Déficit Fiscal y Equilibrio Monetario”.

El Error Keynesiano:

Un repaso por la historia del pensamiento económico mostraría muy fácilmente que Keynes no inventó nada nuevo en la década de 1930*. El error fundamental de Keynes fue no haber entendido la Ley de Say. Si bien la afirmación puede parecer fuerte, el punto es fácilmente demostrable. Para refutar la Ley de Say, Keynes expone la Ley citando un párrafo de John S. Mill.[1] Sin embargo, comparando la cita de Keynes con la fuente original, está cortada, y justamente en una parte crucial de la Ley de Say, lo cual muestra que Keynes no estaba entendiendo el punto clave.[2] En realidad, Keynes no refutó la Ley de Say, simplemente no la entendió.[3]

La gran cuestión es si una expansión de la demanda agregada se origina en una mayor producción o si esta puede ser inducida por una expansión monetaria cuando la economía no está produciendo al 100% de su capacidad. Si, como decían los clásicos, quitamos del medio el “velo monetario” podremos ver que en un sistema de trueque la única manera que tiene una persona de  incrementar su demanda total es produciendo más bienes y servicios que los otros individuos estén dispuestos a demandar (aceptar). Si un individuo no produce más, no tiene mayores ingresos y si produce bienes que los demás no demandan, no tendrá ingresos.

Para ilustrar con un ejemplo mencionado por el mismo Keynes, ¿qué es lo que ocurriría con un grupo de personas que hacen un hoyo en el suelo y lo vuelven a tapar? Queda claro que si estas personas intentaran comprar un bien ofreciendo a cambio un hoyo tapado no tendrían demasiado éxito. Sin embargo, si a estas personas se les paga, por hacer un hoyo y  taparlo, con dinero emitido seguramente podrán ir a comprar cualquier bien.  La diferencia entre el cambio directo y el indirecto (a través del dinero) es que en el segundo el velo monetaria da la ilusión que los que taparon el hueco sí produjeron bienes o servicios que los otros demandan. La realidad es que no se ha creado más demanda agregada. Simplemente, ahora unos consumen más a costa de otros que consumen menos. La ilusión monetaria permite hacer transacciones que de otra manera no sería posible realizar. Alguien está obteniendo ingresos a cambio de producir bienes y servicios que los demás no desean. En última instancia, la solución keynesiana consiste en una distribución forzosa se los ingresos. Bajo condiciones de expectativas racionales no tendría efecto alguno. Sólo si parte de la gente es engañada por la ilusión monetaria la desocupación disminuye y la economía se reactiva durante un tiempo. Si esto es cierto entonces hay que distinguir si la solución keynesiana es definitiva o  simplemente opera como un analgésico que calma momentáneamente la molestia de la desocupación.

El resultado de la política keynesiana se puede visualizar con la ayuda gráfica de una frontera de producción simple. La frontera de producción nos dice cuáles son las posibilidades “técnicas” de producción. Pero obviamente para maximizar  el bienestar de las personas hay “una” combinación que es la óptima: la que prefieren los consumidores. Supongamos que en el gráfico siguiente las preferencias de los consumidores están representadas por el punto “E”. El punto “F” representa un punto de producción de pleno empleo de los factores productivos pero produciendo bienes de consumo en proporciones distintas a las preferidas por los consumidores. En el punto “F” se produce una menor cantidad del bien “x” de la que los consumidores demandan y se produce una mayor cantidad del bien “y” del que la gente demanda. Lo que hace que la economía se ubique en el punto “E” son los precios relativos. Los precios son las señales que guían a los empresarios para asignar los recursos productivos de acuerdo a las preferencias de los consumidores.

error keynesiano.jpg

Ahora bien, el punto “D” representa una situación recesiva. Hay recursos ociosos que no son utilizados. Pero debería estar claro que no es lo mismo que la economía se desplace del punto “D” el “E” que al “F”. Este es uno de los problemas sobre el que la Escuela Austríaca de Economía puso  mucho  énfasis. Lo importante para el óptimo no es el “nivel” de precios sino los precios relativos.

Si la economía se mueve del punto “D” al “F” se puede ver que está aumentando la producción de ambos mercados. El Producto Bruto Interno y los indicadores de la producción mostrarán una reactivación. Sin embargo una vez que se llegue al punto de pleno empleo “F” tendremos una asignación de recursos errónea e insostenible en el  largo plazo. Si la economía llegó al  punto “F” debido a una expansión monetaria entonces el gobierno no podrá dejar de emitir una vez llegado al este punto de “pleno empleo”.

Es cierto que la receta keynesiana provoca en el corto plazo[4] un aumento de la producción. Pero el aumento de la producción es condición necesaria, pero no suficiente, para solucionar el problema. También se requiere la coordinación de la producción, además del crecimiento, algo que los economistas clásicos han tratado de explicar durante más de un siglo. La macroeconomía convencional ha olvidado este punto[5].

Lo que muchos economistas consideran un gran aporte de Keynes en cuanto a la teoría cuantitativa del dinero es, en realidad, el gran error. Suponer que antes del pleno empleo un aumento de la oferta monetaria no hace subir los precios sino la producción es cierto. Pero el problema es la “dirección” en que aumenta, es decir, no aumenta en la dirección sostenible acorde con las preferencias de los consumidores. Como han señalado Ludwig von Mises y Friedrich Hayek en varias partes, el principal problema de la inflación no es que aumente el “nivel” de  los precios sino que “distorsiona” los precios relativos[6]. De esta manera la existencia de los puestos de trabajo que se crean a partir de la emisión monetaria depende de que se siga emitiendo dinero. El descubrimiento de la Curva de Philips no es en realidad otra cosa que la consecuencia “necesaria” de la política keynesiana.

Economist John Maynard Keynes

Para volver al ejemplo de Keynes, los señores que cobran dinero emitido para hacer hoyos en el suelo están distorsionando precios relativos ya que salen a comprar bienes y servicios ofreciendo en última instancia hoyos tapados a cambio. Si los hoyos tapados van a incluirse en el denominador de la ecuación de la teoría cuantitativa entonces el “nivel” de precios se mantendrá estable.

La política económica sufrió en los años 1930 una mezcla explosiva: la ansiedad de los políticos de aumentar el gasto público y la  justificación  teórica de que es conveniente hacerlo si la economía se encuentra con cierto grado de desocupación o recesión. Pero la política keynesiana tenía un dique molesto: la convertibilidad. Convertibilidad y keynesianismo son incompatibles. La convertibilidad pone límites a la política monetaria, es más se puede decir que la anula. No sólo la opinión de Keynes en contra del patrón oro tuvo mucho peso. El economista Gustav Cassel entre otros también presentaba sus quejas:

“El patrón oro internacional no es de ninguna manera una institución tan vieja y venerable como la mayoría de la gente parece creer. Es un sistema monetario construido por Gran Bretaña luego de los desórdenes de las Guerras Napoleónicas: se transformó en un patrón oro internacional luego de la Guerra Franco-Alemana a comienzos de los años setenta. Gradualmente una serie de países se unieron al sistema monetario internacional, que se hizo bastante universal cuando los Estados Unidos, hacia el fin de siglo, luego del esfuerzo por sostener el bimetalismo, estableció definitivamente su sistema monetario sobre las bases del oro. Este sistema monetario internacional se mantuvo hasta el estallido de la Gran Guerra de 1914, cuando entró en crisis. La historia monetaria de posguerra es un registro de enérgicos esfuerzos para restaurar un sistema internacional de patrón oro, y el fracaso final de esos esfuerzos.

De esta manera, mirado en perspectiva de la historia económica mundial, el sistema internacional de patrón oro aparece como un episodio bastante breve y ciertamente no debemos brindarle nuestra veneración por su eficiencia y estabilidad documentada a lo largo de las distintas épocas. Por el contrario, durante el corto tiempo que existió fue suficiente para mostrar las debilidades internas del sistema. En un comienzo esta debilidad no se notó demasiado fuera de un pequeño círculo de expertos; pero la evidencia acumulada del funcionamiento normal del sistema y los subsecuentes  eventos catastróficos mostraron al mundo entero los insuperables defectos del patrón oro como sistema monetario internacional”[7].

Lo que quieren los economistas contrarios a un sistema de convertibilidad es una oferta monetaria relativamente elástica para que los gobiernos o bancos centrales puedan tener en sus manos las herramientas macroeconómicas necesarias para realizar políticas contracíclicas.

Como ha dicho el economistas Hans F. Sennholz, “confiarle el dinero al gobierno es como confiarle nuestro canario a un gato hambriento”. La  historia parece darle la razón sistemáticamente. En el fondo los economistas que creen que el gobierno puede manejar bien la moneda tienen una visión “angelical” del Estado. Creen que los hombres se convierten en ángeles por el sólo hecho de pertenecer al Estado. En realidad la hipótesis contraria parece ser mucho más fértil. Si por más de 2,000 años esto es lo que ha sucedido no parece  haber motivos muy convincentes para pensar que la tendencia vaya a cambiar.

Pero aún suponiendo la mejor de las intenciones por parte de la autoridad monetaria central, el mercado ajusta con mayor eficiencia la oferta monetaria ante los cambios en su demanda. La “mano invisible” de Adam Smith opera también en el caso del mercado del dinero (no del crédito). Sin curso forzoso la gente no está obligada a aceptar una moneda determinada, por lo tanto cualquier moneda que se devalúe más rápidamente de lo que el mercado  acepta dejará de ser usada. En especial, tratándose de una demanda tan  sensible al cambio del precio (poder adquisitivo). A ningún emisor privado (por más que sea un billete inconvertible) le conviene expandir la cantidad de su moneda más allá de lo que aumenta su demanda porque perdería poder adquisitivo. Tampoco le conviene expandir menos porque deja de ganar. Un banco central no está en condiciones de disponer de toda la información necesaria para ajustar la oferta monetaria en cantidad y tiempos mejor que lo que lo hacen los banqueros privados.

Para incrementar sus ganancias un emisor privado tiene que lograr que la demanda de su moneda aumente pero esto lo logra sólo si su dinero es más estable que el resto. Por el contrario el gobierno tiene incentivos distintos: emitir para financiar un gasto creciente. Pero para que la gente no huya de su dinero tiene que imponer el curso forzoso.

La Ley de Say es clave para la teoría macroeconómica. Si la oferta y demanda de dinero se comportan como la de cualquier otra mercancía entonces no tiene por qué estar fuera de lo que se denomina demanda agregada. La teoría keynesiana no diría que la demanda agregada disminuye si, por ejemplo, cae la demanda de automóviles y sube la de computadoras por el mismo importe de dinero. Pero sí sostiene que la demanda agregada cae, si baja, por ejemplo, la demanda de automóviles y la gente se queda con el dinero en sus bolsillos sin gastarlo en otra cosa. Esto implica suponer que demandar dinero tiene un efecto distinto al de demandar cualquier otro bien. Pero no parece existir ningún argumento sólido para suponer esta diferencia. Los economistas keynesianos simplemente han ignorado el punto.

Si, en cambio, la oferta y demanda de dinero se comporta como la de cualquier otro bien económico entonces la macroeconomía tradicional se vería en serios problemas analíticos. La Ley de Say es una identidad y el enfoque de la teoría keynesiana se derrumbaría por completo[8].

 

Juan Carlos Cachanosky

 

Citas:

* El debate acerca de si la emisión monetaria y el gasto provocan efectos estimulantes sobre el nivel de actividad económica es por lo menos tan viejo como el mercantilismo. Pero la mejor muestra de la antigüedad del debate la podemos encontrar en un artículo de John S. Mill entre 1829 y 1830, “On the Influence of Consumption on Production”, Essays on Some Unsettled Questions of Political Economy, Augustus M. Kelley, Publishers. El artículo no sólo muestra la antigüedad del debate (100 años antes de Keynes) sino que muchas cosas que los libros convencionales de macroeconomía sostienen sobre los clásicos en relación a su teoría monetaria son falsas.

[1] Cabría preguntarse ¿por qué citar a John S. Mill? ¿Por qué no citar a Say? o ¿Por qué no citar a algún economistas más moderno que hubiese incorporado la teoría de la utilidad marginal en el análisis?

[2] Ver John M. Keynes, Teoría de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica, 1976, p. 28 y comparar con John S. Mill, Principios de economía política, Fondo de Cultura Económica, 1978, pp.484-85. Este “error” de Keynes fue señalado por varios economistas, Benjamin M. Anderson, Economics and the Public Welfare, Liberty Press, 1979, pp. 384-85; William Hutt, Keynesianism, Prospect and Retrospect, Henry Regnery Company. 1963, Capítulo XVII y Henry Hazlitt, The Failure of the New Economics, Arlington House, 1977, p. 34.

[3] John  M.  Keynes  no  parece  haber leído  detenidamente a los economistas que pretendía refutar. Un caso similar, entre muchos otros que exceden los límites de este trabajo, es el de la tasa de interés real de Irving Fisher. Keynes critica a Fisher porque “no está claro si se supone previsto o no el cambio en el valor del dinero”, op. cit. p. 130. Sin embargo dedica el segundo punto del capítulo dos a explicar exactamente este problema. Ver Irving Fisher, The Theory of Interest, Augustus M. Kelley Publishers, 1986, p. 37.

[4] Keynes sostenía que en el largo plazo estamos todos muertos lo cual nadie puede discutir, en especial desde el punto de vista biológico.

[5] Resulta llamativo cómo algunos libros de macroeconomía suponen la existencia de “un” sólo bien en la economía. Semejante supuesto olvida el problema central de la economía. Obviamente los precios “relativos” no tienen sentido bajo semejante supuesto. Ver por ejemplo Thomas J. Sargent, Macroeconomic Theory, Academic Press, 1979, p. 6.

[6] Friedrich A. Hayek, ¿Inflación o pleno empleo? , Unión Editorial, 1976, pp. 38-59; Unemployment and Monetary Policy, CATO Institute, 1979; A Tiger by the Tail; CATO Institute, 1979, especialmente Capítulo I: “Misuse of Aggregates”. Ludwig von Mises, On the Manipulation of Money and Credit, Free Market Books, 1978.

[7] Gustav Cassel, The Downfall of Gold Standard, Clarendon Press, 1936, pp. 1-2.

[8] Paul M. Sweezy sostiene que: “ los ataques keynesianos aunque parezcan estar dirigidos contra una variedad de teorías específicas, se derrumban todos si la Ley de Say se supone válida”, Seymour E. Harris, ed., The New Economics, Alfred Knopf, 1947, p. 105.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s