El mundo ya cambió, ¿y nosotros?

Nuestros hijos y nietos enfrentan un mercado empresarial y laboral completamente evolutivo, que va cerrando posibilidades a unos y abriéndolas a otros. Un ejemplo que muy bien lo ilustra lo cuentan unas empresarias que tienen una fábrica de metalurgia en Estados Unidos y que emplea a 55 personas. Antes la empresa funcionaba muy bien, con graduados de secundaria que habían aprendido a soldar en la escuela o que se les podía adiestrar en el trabajo; pero los tiempos cambiaron y ahora los trabajos típicos de la empresa requieren soldaduras muy variadas y de alto rendimiento, para lo que se requieren conocimientos avanzados de matemáticas. Esta realidad abre posibilidades a jóvenes con educación avanzada y de buena calidad, mientras va cerrando la de otros que no tienen la preparación necesaria. ¿Será excepción o es un cambio permanente? Continue reading

Cómo no luchar contra la inflación

Robert L. Schuettinger, catedrático en destacadas universidades e investigador para un comité del Congreso de los EE. UU. , así como director de Estudios de la Fundación Heritage y editor de la gaceta trimestral de la Fundación Heritage Policy Review, que fue elegido a la presidencia de una asociación nacional de profesores universitarios —UPAO—, junto con Eammon Buttler, economista y catedrático, asistente de políticas económicas a la Casa de Representantes de los EE. UU. , escribieron el libro ‘Forty Centuries of Wage and Price Controls’ —Cuarenta centurias de control de precios y salarios—, en donde advierten que por milenios todos los intentos por establecer controles económicos o peor, políticos, a los precios han terminado en catástrofes económicas y sociales. A pesar de ello, en nuestro Panamá vemos a políticos que insisten en ello, y no puedo más que cavilar: ¿en qué estarán basando su acción?; que no sea simplemente una estrategia peligrosa y populista. Continue reading

Apuntalando castillos de naipes

Por John A. Bennett N.

Vivimos tiempos muy interesantes, por no decirlo de otra forma, y sería provechoso que los promotores de la opinión pública fuesen mucho más consecuentes con la realidad y menos con sus simples y peligrosísimos intereses politiqueros demagógicos. En Panamá vemos que algunos, frente a la desesperación de un pueblo que sufre los embates de un costo de vida desbocado, recurren a la artimaña de prometer un control de precios; y así seguimos apuntalando una edificación de perversas políticas económicas, importadas o autóctonas, que nos han colocado en esta difícil situación. Pero lo terrible de todo ello, es que mientras más apuntalamos y sigue creciendo el castillo de naipes, más grande será el desplome que inevitablemente sucederá.

En Estados Unidos vemos a un presidente que ahora, alentado por una pírrica “victoria” propone arreciar con políticas económicas que no resuelven los problemas de fondo, sino que los agravan. Así le vimos ufanarse de haber salvado a los fabricantes de autos; pero… ¿es eso lo que hizo? ¿O simplemente retrasó lo inevitable, y agravó la situación, por no atender los verdaderos problemas subyacentes? En nuestro patio vemos la noticia de que un “ángel guardián se queda sin fondos” y debo preguntarme si realmente se trata de un ángel o de un demonio. Si ahora que “la cosa está buena” ya escasean los fondos para sostener los andamiajes de subsidios mal pensados y mal diseñados, ¿qué ocurrirá en tiempo de vacas flacas? Si al Gobierno le fue sumamente difícil lidiar con una protesta por la venta de unas tierras, ¿qué será cuando la protesta sea por miles que no reciban los presentes angelicales?

Frente a todo ello vemos que una gran parte de la población habla de la necesidad de un “modelo propio”, que tome piezas de distintos cadáveres, los injerte en nuestras raíces autóctonas, para que terminemos con un Frankenstein en cutarras. El catedrático Alberto Mansueti lo plantea así: “No hay que buscar, ya lo tenemos reinando en nuestros países: un “modelo” estatista que toma de los pueblos indígenas el colectivismo y el racismo, de los reyes borbones el mercantilismo, y de los jefes militares del siglo XIX el caudillismo personalista; a esa mezcla agregamos esa versión criolla del marxismo que es el populismo latinoamericano –Mariátegui & Co.– combinada con un poquito de esa interpretación local del Consenso de Washington que es el “neoliberalismo”; y remata con fuertes dosis de socialismo “martiano” de Cuba; “sandinista” de Nicaragua; “tupamaro” de Uruguay, “montonero” de Argentina; “bolivariano” de Venezuela, y “etnocacerista” del Perú”. Ahora, a “ese modelo propio” le exportamos a EU en la cabeza y el corazón que llevan los latinos cuando invaden y votan por otros cinco años de Obama, que seguramente terminará con éxito su destructiva tarea. Y termina Mansueti comentando: “¡Qué magnífica forma de vengarse del imperialismo yanqui!”.

Se sabe que los mercados libres funcionan, ya que existe abrumadora evidencia que los países con mayor libertad de empresa son los más prósperos y con menos pobreza. Y resulta que en una economía libre no existe ningún zar que pueda decirle a todos como deben comerciar y menos a qué precio deben vender; y mucho peor cuando lo hacen por decreto. Esto es algo que en 4 mil años de historia jamás ha producido más que inmensas miserias, sin atender el jaleo de fondo.

El buen vaquero de economías humanas sabe que no lidia con animales carentes de inteligencia y amor propio; de manera que el asunto y reto no están en arrear como ganado sino de promover buen pasto para que todos seamos gestores de nuestro propio destino. Y con ello no digo que los gobiernos no tengan su función; el problema es que sí la tienen y no la cumplen, dedicándose a todo lo que no deben y descuidando lo que sí.

En el fondo todo se reduce a un problema de escala de valores, que hemos ido lacerando y trastocando a tal grado que ya cuando algunas autoridades proponen e imponen medidas desquiciadas, ya no produce ni frío ni calor. Precisamente de ello recién escuché hablar a un autor de un libro que explica cómo montar empresas; y en lo que más hizo énfasis, es que al iniciar cualquier aventura empresarial es vital la determinación de los principios que regirán los actos de la empresa. Lo mismo se aplica a una familia, al barrio, organización cívica o al Estado. Cosas tan simples como establecer que jamás se pagarán coimas y tal.

Si trasladamos esta filosofía al Estado, sería hablar de principios que jamás deben ser negociados. Me refiero a aquellos principios elementales establecidos en la Constitución; tales como el de libre expresión, libre tránsito y el derecho a la propiedad, que cada día son menos cautelados por los gobiernos, y más violados por tantos.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 19 de noviembre de 2012.

El mar de fondo de las elecciones en Estados Unidos

Por John A. Bennett N.

Trágicamente, son demasiadas las personas que votan por aquel candidato que les pueda representar mejores oportunidades personales, y no por aquel que pueda ofrecer más probabilidad de un buen gobierno. Por “buen gobierno” me refiero a aquel que no exagere su función en la sociedad, tanto en exceso como en defecto. Ejemplo de defecto lo tenemos en los agentes de tránsito que nunca están, y cuando sí están, están en donde no deben, haciendo lo que no deben. Y por exceso me refiero a esos gobiernos sobredimensionados que distorsionan por completo su función, afectando la autodeterminación de sus pueblos.

En las elecciones estadounidenses lo que está en juego es, precisamente, lo que señalo en el párrafo anterior, es decir, si el electorado validará el estilo de gobierno exagerado y entrometido del Sr. Obama, o por el contrario, validará un gobierno más esbelto y enfocado en su verdadera misión en la sociedad.

En este sentido, escuchaba a uno de los ejecutivos de una de las mayores empresas estadounidenses quien señalaba que la falta de inversión en el país es el producto de regulaciones desbocadas y cambiantes, al punto de que los jugadores ya ni conocen ni pueden vivir con ellas.

Hay pocas cosas en este mundo que sean más nerviosas que los inversionistas. ¿Quién, en su sano juicio, arriesga sus ahorros en una aventura comercial sometida a normas interventoras y cambiantes? Eso solo lo entienden quienes han sufrido el acoso de malas leyes y un funcionariado ignorante y hostil.

Estados Unidos viene transformando el estilo de gobierno y país que les llevó desde una colonia hasta ser el país más desarrollado y poderoso del planeta. Pero ya Estados Unidos no es la sociedad abierta e inclusiva que antes fue. Los cambios que produjeron la transformación fueron lentos e insidiosos, lo que nos retrotrae a la anécdota de la rana hervida. Hoy Estados Unidos se degenera a ritmo pasmoso hacia el primitivismo de las sociedades cerradas, esas en donde poco o nada se mueve sin la santificación de las deidades políticas de turno.

El desastre económico que viven los principales países del mundo da testimonio de las políticas de intervención que han entorpecido y desarticulado su base industrial y comercial. Frente a ello, los despistados gobernantes, tanto de un lado como del otro, han recurrido a las políticas del “bienestarismo” y de las prebendas, o mal llamados “derechos”. Con ello vieron crecer de manera desorbitante los beneficios al desempleado, beneficios que a menudo son repartidos por los sindicatos laborales a sus huestes. En la última década este vicio igual fue extendido a las grandes empresas fracasadas y vemos a un Obama que se ufana de haber salvado a bancos y otras industrias demasiado grandes para dejar colapsar. El problema es que todavía no hemos visto el último episodio de esa novela.

En fin, los estadounidenses que quieren más de lo mismo votarán por el paternalismo; mientras que los demás votarán en contra de ello.

Artículo publicado en el diario La Prensa el miércoles 7 de noviembre de 2012.