La razón del capitalismo

Por Irving H. Bennett y John A. Bennett N.

Tanto Karl Marx como Friedrich Engels sentenciaron que antes del capitalismo los humanos se ocupaban en la mayor haraganería imaginable, y que el sistema capitalista “fue el primero capaz de demostrar lo que podía lograr la actividad humana… que llegó a crear las más colosales y productivas fuerzas que todas las demás generaciones juntas”. Los secretos del éxito capitalista están basados en su mayor capacidad de gestionar y motivar las organizaciones de las fuerzas laborales conjuntas y para producir beneficios comunes. ¿Cómo fue entonces que hoy día tantos vean al capitalismo como algo perverso?

El capitalismo está fundado en la razón que reside en la “caput” o cabeza, mientras que el socialismo y el mercantilismo residen en las vísceras. El primero reconoce la cruda naturaleza del mundo y busca cómo lidiar con ella; mientras que los otros dos rechazan dicha naturaleza y pretenden suplantarla a través de una planificación central delegada a los aparatos políticos, en contraposición a los económicos, que funcionan al nivel de la persona humana.

Pero mucho más curioso que lo señalado es la realidad ofuscada de que el capitalismo tuvo su origen en los conceptos de libertad y responsabilidad de la fe cristiana. Desde su inicio la fe cristiana estuvo fundamentada en la razón que el Creador entregó al hombre, que abrió los caminos hacia el futuro, a diferencia de otras religiones basadas en el pasado, como en el mito del retorno eterno. Todo esto está en la historia de los monasterios y sus escuelas, que conducen a las escuelas catedralicias y luego a las universidades, tales como la de Salamanca. En fin, el capitalismo, en su esencia, es la aplicación sistematizada y sostenida de la razón aplicada al comercio.

Los éxitos del occidente, incluyendo la emergencia de las ciencias, descansaban completamente sobre los fundamentos religiosos; y quienes se ocuparon en ello eran los más devotos cristianos, que culminan en santo Tomás de Aquino. Pero esta realidad se confunde o pierde dentro de la tentación siempre presente de pensar que el comercio y el trabajo lucrativo eran pecaminosos o indignos del hombre culto; realidad que aún persiste.

Max Weber propuso que el protestantismo fue el que abatió la errada noción del mal inherente en el comercio; pero esa falacia se ve en el hecho de que el capitalismo en Europa precedió a la Reforma por muchos siglos. De hecho, el germen de las organizaciones industriales capitalistas ya existía en los grandes monasterios cristianos; y aunque las condiciones materiales para la existencia del capitalismo existían en muchas civilizaciones en diferentes eras, como en la China, India, Bizancio, Grecia, Roma y en el islam, ninguna de estas desarrolló un verdadero capitalismo, que acompañara el desarrollo de la ciencia, el arte, agricultura y las instituciones caritativas, gremios, etc., por su incapacidad de desarrollar una visión ética y filosófica compatible con el dinamismo económico.

La realidad teológica del libre mercado aún sigue reflejada hoy día en las encíclicas papales, tales como Centesimus annus del papa Juan Pablo II que advierte acerca de la necesidad de “preservar los mecanismos del libre mercado, asegurando, por el intermedio de una moneda estable y una armonía social, las condiciones propicias para un crecimiento económico dentro del cual la gente puede asegurarse un mejor futuro para sí y para sus familias”.

Pero aun así el capitalismo moderno solo prosperó donde no era conculcado por codiciosos déspotas, debido a que el verdadero capitalismo solo prospera en libertad; lo cual nos lleva a investigar por qué en unos sitios sí y en otros no prosperaba la libertad. Nuevamente aquí la respuesta debemos atribuirla al desarrollo y perfeccionamiento de la razón. Los teólogos cristianos venían teorizando sobre la naturaleza de la igualdad y de los derechos individuales; al punto que ello fue derivado en los trabajos de teóricos seculares tales como John Locke.

En síntesis, el surgimiento de la civilización occidental se basó en cuatro razones; la primera siendo el desarrollo de la fe en el contexto de la teología cristiana. La segunda es que el progreso se traduce en innovaciones técnicas y organizacionales; muchas de las cuales emergieron en y alrededor de los monasterios. La tercera fue que gracias a la teología cristiana la razón iluminó tanto la filosofía política como la práctica, promoviendo más libertad. Y la victoria final tuvo que ver con la aplicación de la razón al comercio, con lo cual se fue desarrollando el capitalismo.

Entonces, para contestar la pregunta del primer párrafo, sobre el envilecimiento del comercio, debemos buscar entre los sentimientos de envidia ante el enriquecimiento sano y no en un desarrollo racional de tal envilecimiento.

Muchos piensan que libertad es hacer lo que se viene en ganas, mientras que la verdadera es la de hacer lo que se debe, lo cual requiere coraje, responsabilidad y gran disciplina, cualidades que como ya hemos visto a través de la historia, no son tan comunes.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 1 de octubre de 2012.

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