¿Acaso es malo el lucro en la educación?

Por John A. Bennett N.

Una de las mayores y más frecuentes críticas a la privatización educativa como medio para acabar con los monopolios politiqueros estatales presupone que el lucro y la educación son incompatibles. ¿Por qué?

No hace mucho el viceprimer ministro de Inglaterra, Nick Clegg, en un discurso declaró que el motivo de lucro no sería permitido en ningún consorcio educativo público-privado, esos que hoy día comienzan a tener buenos resultados en muchos países. Clegg estaba a favor del derecho paternal de elección y de mayor diversidad, pero rotundamente opuesto a que la educación fuese una actividad lucrativa. Su discurso le ganó aplausos en su partido y entre los sindicatos magisteriales.

En el fondo no es más que la eterna disensión entre socialistas y liberales. Para los liberales es un simple asunto de libertad. ¿Por qué habría de ser diferente la educación que el resto de las necesidades que satisface el mercado? Quienes odian la libertad empresarial alegan que los fines lucrativos alientan los malos atajos y que se prestan para beneficiar a los codiciosos empresarios. Si fuese así, ¿acaso no sería lo mismo para el resto de la actividad comercial humana? Entonces mejor estaticemos todo el comercio.

Esta controversia es milenaria y gira en torno a la creencia de lo que algunos llaman “precios justos”; o la creencia de que en el intercambio comercial, quien vende lleva la ventaja sobre quien compra. Si fuese así, ¿acaso no sería lo mismo para el educador que vende ideas a los niños?; es decir, que sería pernicioso su afán de sacar ventajas a favor de su visión del mundo. Sin lucro y sin precios, ¿de dónde saldrán las decisiones en asignación de recursos? ¿De dónde más?: de los gobiernos y de sus interesados politiqueros y subordinados.

Pero la presunción negativa del lucro se estrella contra la realidad de miles de escuelas privadas en los arrabales del mundo que venden un mejor producto a sus clientes que las estafas educativas estatales. Igual ocurre en Estados Unidos, en donde todas las asociaciones educativas público-privadas tienen que ser entre el Gobierno y empresas privadas. Y qué curioso que están logrando mejores resultados a menor precio.

Si en una transacción ambas partes ganan –léase lucran– entonces ambas partes carecerían de principios. ¡Ridículo! Por supuesto que existen humanos tramposos, pero pensar que todo el que se convierte en empresario es tramposo es pura majadería e ignorancia. La realidad es otra, y es que los zorros –léase politiqueros y sus aliados– aman a las gallinas de corral y no a las que andan sueltas y saben volar; que cuidan sus huevos y polluelas a punta de pico y espuela.

Si no vamos a tener fe en las bondades intrínsecas del ser humano, en general, no sé en qué vamos a confiar. Inventamos a los gobiernos para ponerles el cascabel a los malos gatos; pero resulta que los gatos y los politiqueros son cuates y solo ponen cascabeles a quienes no pasan por taquilla.

James Tooley en su obra, From Village School to Global Band, que presenta el extraordinario éxito educativo del sistema Sabis, señala que la historia contradice por completo la noción de que el afán de lucro es dominante en la acción humana y particularmente en el ámbito educativo; lo cual fue bien documentado por el profesor E. G. West en su obra literaria seminal La Educación y el Estado; al señalar que en la Inglaterra de 1861, cuando la intervención estatal educativa era mínima, solo el 4.5 de los niños no recibían educación académica. Y lo mismo vieron E. G. West y otros en Estados Unidos, Escocia, New York, y muchos otros sitios; que no era necesaria la intervención politiquera para lograr una justicia social.

Peor aún es que no veamos que la educación gubernamental ha fallado aparatosamente en su supuesto rol de justiciero social en el área de la educación; y ese fracaso nos ha lanzado en una marejada creciente de violencia de todos esos jóvenes frustrados con ese mundo que los abandonó en favor de la rapiña política clientelista.

Si la libertad no funciona en el comercio, incluyendo la educación, entonces estamos todos fritos, porque la alternativa es la eliminación de la libertad a través del Estado interventor. Adam Smith sentenció que “no es a través de la benevolencia del carnicero, el cervecero, o del panadero que lograremos poner la paila, sino en atención al propio interés de estas personas”. No dependemos de su humanidad sino de su amor propio y cuando negociamos con ellos no es en base a nuestras necesidades, sino a nuestras ventajas. No enredemos intenciones con resultados. A final de cuentas la única forma en que podemos lucrar es si ofrecemos algo que nuestro prójimo valora a punto que está dispuesto a soltar sus billetes a cambio; y el día que esto fracase, todo lo demás también fracasará.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 27 de agosto de 2012.

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