La cultura parasitaria

Por John A. Bennett N.

Los humanos evolucionamos en pequeñas sociedades, en donde las decisiones emanaban principalmente con el jefe de familia, y más allá con el jefe de la comunidad. Pero a través del tiempo las sociedades se fueron haciendo más grandes y complejas, al punto de que ya la estructura tradicional del pequeño grupo dejó de funcionar a mayor escala, y así fueron emanando nuevas formas de organización social; más complejas, pero que idealmente no debían alterar la realidad humana elemental, esa que está y debe estar centrada en el individuo como elemento fundamental en la sociedad, y que no pierde su naturaleza de persona frente al conglomerado social.

Desafortunadamente, dentro de toda unidad social, desde la pequeña de la familia, la comunidad vecinal hasta los grandes conglomerados en las urbes modernas siempre existirán aquellos individuos y grupos disfuncionales, cuya tendencia será la de buscar el amparo del sistema, tal como lo busca el hijo mimado y dependiente en la familia. Así vemos el surgimiento de culturas de dependencia, que se caracterizan por buscar el acomodo en la corrupta organización politiquera.

Son muchísimas las formas en que ha evolucionado la dependencia y la tendencia de asistencialismo malsano; porque también puede haber del bueno, ese que no crea una dependencia enfermiza. Pero, en general, las tendencias parasitarias se caracterizan no por un apego a idearios fundamentados en una cultura evolucionada en lo moral, sino más bien por un enfoque relativista y el desafío a esas sabidurías del bien andar, como único camino al verdadero bienestar; sabiduría que nuestros antepasados nos han legado a través del tiempo, particularmente a través de la cultura judeo-cristiana.

En sentido analógico, es el niño mimado y malcriado que llegó a la edad de adulto, pero sin serlo. No debía ser difícil de vislumbrar cómo esto afecta la armonía social, ya sea en la unidad familiar básica como en el conjunto de la gran sociedad; ya que estas personas típicamente no están conscientes de su realidad y sufriendo el mal de la envidia tienden a culpar de su infortunio a otros. Esto, en el ámbito del gran conglomerado de la sociedad contemporánea, lo vemos en todos esos grupos que buscan satisfacer sus apetencias, buenas o no, a través del sistema político adulterado, y no a través del ingenio y esfuerzo personal.

Así vemos surgir los grupos rentistas de presión que, en el caso de Panamá, han logrado que su ideario procaz haya permeado la misma Constitución, en la que se han ido estableciendo derechos que no son derechos y otras “garantías” imposibles. Lo vemos en artículos constitucionales que pretenden “garantizar” lo que no se puede garantizar; tal como la salud, la estabilidad laboral, y tantas otras promesas míticas. El inmenso desafío de la humanidad está en reconocer sus realidades y en trazarse esos caminos de bien andar que nos vayan encauzando en la mejor dirección; ya que el asunto no es tanto en dónde estamos, sino hacia dónde vamos.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 13 de agosto de 2012.

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