La bonanza del guano

Por John A. Bennett N.

Aunque parezca poco plausible podemos encontrar grandes lecciones, aun en cosas tan agrestes como las excretas; como fue el caso de los depósitos de guano en Perú. Así nos cuenta Peter C. Earle, ahora que nos sentimos impactados por el alza de los precios del combustible, más que nada producto del envilecimiento de las monedas, exigimos más intervención gubernamental para controlar los precios y efectuar cualquier magia que resuelva problemas que se vienen empollando desde hace mucho, mayormente gracias a nuestra complacencia.

Pedirles más encargos a gobiernos es como elevarle más plegarias a Lucifer. ¿Cómo vamos a creer que los gobiernos serán superiores a los actores particulares de la plaza en la extracción, refinamiento, mercadeo y distribución de los recursos naturales? Y la lección peruana, perdida en la historia, no es más que la repetición absurda de los mismos vicios sociales y políticos de siempre.

En 1839 Perú era un país devastado; perdido en deudas de su guerra de independencia 1822-1825 y luego la Guerra de la Confederación 1836-1839. Pero en 1840 descubrieron extraordinarios depósitos de guano; en esa época el fertilizante por excelencia, con el cual se vencería la pobreza. Lástima que no contaron con la astucia y corrupción de los funcionarios que crearon un monopolio gubernamental alegando servir al pueblo.

Se trataba de un “bien público”; es decir, de todas pero al mismo tiempo de nadie. Y en efecto, la bonanza permitió el pago de la deuda; pero también permitió nuevos endeudamientos que serían pagados con la producción de caca. No era asunto de capitalismo, sino de mercantilismo que favorecía a los amigos del régimen. Así, las inversiones y gastos del gobierno se fueron expandiendo a la par de los ingresos fecales; gastos militares, servicio de deuda y tal. Por supuesto que las sinecuras también se dispararon como efluvios malsanos, con retenciones de hasta el 71% del producto de las ventas, y ni hablar de los sobrecostos.

La ciudad también creció junto con sus calles, parques, museos, etc., pero más impresionante fue la construcción del ferrocarril que en 1872 llegó a consumir el 57% del presupuesto nacional y producto del guano. Las consecuencias de lo irracional no se hicieron esperar y con el pánico económico europeo de 1873, los controles de precio aumentaron el precio del guano, al punto de que los agricultores cambiaron de fertilizante. En desesperación final ordenaron a sus militares a tomarse los campos de caca. Los desastres que siguieron son muchos para contar aquí y así pasó la era del estiércol.

¿Cómo fue que tanta riqueza produjo tanta pobreza? De salida porque no entendemos que los procesos de gobierno no son lo mismo que los industriales y económicos. Los gobiernos no están para reemplazar a los ciudadanos en las actividades propias de estos últimos.

En fin, en un mundo de deseos infinitos y medios limitados se deben atender las prioridades. Los mercados jamás prometen, pero tampoco mienten. Lo que no funciona es el parte y reparte.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 17 de abril de 2012.

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