Caridad pródiga y mal dirigida

Por John A. Bennett N.

No hay mayor benevolencia que aquella de la mente y del espíritu; esa que no es tan fácil de redistribuir como lo es el producto impositivo del esfuerzo ajeno. Además de que no es tan fácil tomarse una foto repartiendo benevolencias espirituales como lo es repartiendo botines políticos. Pero lo peor de todo es el inmenso desperdicio de pingües recursos que, bien dirigidos, podrían generar resultados muy superiores para paliar pobrezas. Las acciones típicas y tradicionales de la clase política, consistentes en repartir recursos sin trabajo y política sin principios, dan réditos instantáneos y no diferidos e indeterminados como los propios de la auténtica subsidiaridad humana.

Como bien reza el apotegma talmúdico: “La caridad más noble es la de prevenir al hombre de aceptar caridades –inclúyase ´subsidios´–, ya que los mejores almos consisten en facultar al hombre a dispensar de los almos”. Lástima que estas profundas observaciones se pierden en la maraña de las politiquerías castrantes que nos agobian. En el WSJAméricas.com del 9 de enero vemos un reportaje que anuncia “el principio del final de los subsidios en Argentina”. ¿No es esto escritura en la pared? Igual en El Salvador, en donde el Gobierno eliminó el subsidio del gas licuado; bueno, lo cambió por un descuento eléctrico a los de menor consumo, pero la moraleja es la misma y es que ya los efectos de distorsionantes seudo caridades se van haciendo más aparentes por insostenibles.

La mejor forma de ser solidario es ayudando a las personas a lograr la autodeterminación y la autosuficiencia. Desdichadamente, a menudo los mayores escollos en contra de ello los erigen los mismos gobiernos a través de sus planes de estímulo y de subsidios. El precio de 5 dólares por un tanque de 25 libras de gas licuado es ínfimo comparado los beneficios de la autosuficiencia; lo mismo que el bicho raro de la buena educación. Sin embargo, vemos tanto a gobiernos como a connotadas agencias internacionales, de supuesto asistencialismo, reacios a la adopción de políticas proclives a los caminos de independencia.

El profesor F. A. Harper, de la Universidad de Cornell, nos advierte que “la moda social de nuestra época está en la tentativa de hacer el bien a otros en una profusa confusión de transfusiones económicas”. No entienden que la verdadera caridad no solo es personal y voluntaria, sin crear dependencia, sino que es anónima. En consideración de ello, ¿cómo queda la “caridad” de subsidios que se sufragan con fondos públicos? No existe mayor perversión que la de regar dádivas entre la población.

Al final de cuentas, el nacionalismo estatal, ese que se fundamenta en los recaudos impositivos para luego ser redistribuidos, según los “magnánimos” criterios de la élite gobernante, constituye el mayor destructor de la comunidad; ya que en adelante todos serán como perros falderos que se sientan junto a la mesa, derramando babas, pero sin salir a cazar.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 18 de enero de 2012.

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