Crueldad máxima

Por Olmedo Miró

El anuncio en el incremento en el “salario mínimo” nacional, al igual de todos los incrementos previos, aparte de representar un acto de ignorancia de los principios más básicos de la economía, de las estadísticas del empleo en Panamá y la capacidad productiva de la sociedad, representa un acto de soberbia gubernativa de las élites políticas y empresariales del país que piensan que pueden decidir por todos los demás panameños y pueden hacer contratos a su nombre, al margen de sus preferencias y circunstancias. Una verdadera crueldad contra todos aquellos que piensan entrar a la vida productiva, aportar a su sociedad y conectar con el resto del país y el mundo a través de la formalidad en el empleo.

La idea del salario mínimo como “benefactor de los trabajadores” es un mito en sí, consecuencia de otros mitos producidos por la propaganda política y la ignorancia acerca del proceso económico:

Mito 1: “El trabajo es un bien escaso”; de hecho aquí hay dos mitos en uno. El trabajo no es un “bien” mejor sería decir, el trabajo es un medio para conseguir un bien. El trabajo surge de que desde que nos expulsaron del paraíso, para conseguir satisfacer nuestras necesidades con bienes de consumo es necesario “trabajar”. Las necesidades del ser humano son infinitas, por lo tanto el trabajo necesario para llegar a ellas es infinito. ¡Agradecerle al gobierno o empresarios élite por crear puestos de trabajo es lo mismo que agradecerle a la serpiente por habernos expulsado del Paraíso!

Mito 2: “Los empresarios “crean” trabajo”; este mito es consecuencia del mito 1 que asevera que el trabajo es un “bien escaso”. No, son las necesidades de los consumidores, todos nosotros, las que generan los trabajos. Y esas necesidades son infinitas. Somos lo que producimos y no se puede consumir sin primero producir. Intercambiamos los productos de nuestro trabajo, este es nuestro ingreso. El hecho de que el gobierno y unos empresarios se jacten de “generar trabajo” es consecuencia directa de las mismas barreras de entrada establecidas por y para ellos mismos, que imposibilitan eltrabajo formal generado desde abajo.

Mito 3: “El salario se paga por el trabajador”; nadie paga un salario por el trabajador (excepto por los botellas en el gobierno) uno paga los salarios por los bienes y servicios que ofrecen los trabajadores. Yo no le pago un salario a Juan Pérez, más bien yo pago por los bienes y servicios que ofrece Juan Pérez. Estos bienes y servicios pueden variar en calidad y escasez. Juan Pérez puede ofrecer la cura al cáncer y ganar mucho o limpiar baños y ganar menos. De cualquier manera todos podemos ofrecer algo a algún precio, pero, ningún trabajador es igual al otro.

Mito 4: “El salario se paga por horas trabajadas”; lo mismo del mito 3, sólo que aquí nadie paga por calentar asientos en la oficina o hacer acto de presencia en la fábrica. El sueldo horario es producto de un anacronismo, la forma de pago del salario en la Inglaterra industrial del siglo XIX lugar y tiempo donde los burócratas empezaron a diseñar estas leyes del salario mínimo. Así mismo es ridículo tratar de implementar un sistema semejante en un país tan diferente como el nuestro. Muchas veces es más importante la forma de pago que el salario mismo.

Mito 5: “El salario mínimo es para todos los trabajadores”. Pues, no, comenzando que el 42% de los trabajadores del país son “informales y que el 38%, de los que trabajan ganan arriba del mínimo. Algunos trabajadores se van a beneficiar pero solo a expensas de los que no puedan hacer “el corte” o sus bienes y servicios no valen el mínimo del salario mínimo. La que sí es verdad es que la informalidad va a valer más y la clandestinidad aumentará aparte del desempleo.

Mito 6: El precio del trabajo se debe ajustar a la “canasta básica”. Esto es una trágica inversión de factores. Simplemente si no hay trabajo no hay canasta básica. El trabajo es el medio para producir la oferta que satisface el consumo. En cuanto a los efectos de la inflación, este es un tema más largo pero una cosa digo: la inflación no afecta los factores por igual.

En nuestro país, a lo largo de los años, el trabajo formal se ha reducido a ser casi un lujo, un bien escaso. Trágicamente, a través de la ignorancia y propaganda esto se explica como algo “normal”. Peor aún, los ofertantes de trabajo se han reducido aun más limitándose a solo grandes empresas con capacidad financiera para invertir en tecnología y automatización. Este nuevo ajuste solo empeora las cosas. Se acabó “la junta de embarre” y los de abajo cada vez tendrán menos control de su destino. Al pobre se le niega su principal herramienta de progreso para entregársela a los ricos. Se le niega su orgullo. Y a esto sus apologistas le llaman justicia social; yo le digo la crueldad máxima.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 28 de diciembre de 2009.

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