Inquietudes del fondo y alternativas

Por Diego Quijano.

El tema del fondo soberano es inseparable de las preguntas de qué hacer y cómo manejar los excedentes del Canal. Mi preocupación es que el Canal se convierta, luego de la ampliación, en una especie de Pdvsa (Petróleos de Venezuela).

Dada la gran cantidad de dinero que se entregaría a los gobiernos de turno, los políticos podrían desconectarse del electorado porque ya no dependerían de ellos. Podrían hacer y deshacer sin importar la destrucción de la estructura productiva local o la violación del derecho de propiedad, porque tienen esa gallina de huevos de oro que les permite seguir.

Como sabemos, los políticos y burócratas siempre piensan que su proyecto sería la mejor manera de gastar el dinero de otros. Así, el fondo es una propuesta para gestionar esos fondos con más cuidado. En principio, permitiría que el uso de fondos sea más económicamente racional, al evitar proyectos que consumen capital y al invertir en aquellos que muestran sostenibilidad financiera.

No obstante, me quedan varias inquietudes:

1) Si hoy la entidad estatal a la cual se le establecieron las mejores barreras contra la politización, la ACP, está en riesgo de ser politizada, ¿qué nos garantiza que las protecciones del fondo serán mejores?

2) ¿Qué reglas se establecerían para las decisiones de inversión y qué limitantes habría para no causar distorsiones en la economía local?

3) La creación del fondo implica aumentar el tamaño del Estado, creando puestos “prestigiosos” que acrecientan el poder blando de los burócratas y políticos de turno.

4) ¿No sería más conveniente reducir los impuestos a la ciudadanía?

5) ¿Por qué no usar parte del excedente para concluir el proceso de privatización del sistema de pensiones (a la Chile), potenciando el ahorro privado y liberando al Estado del pozo sin fondo que representa el esquema piramidal del IVM?

Enfoque publicado en el diario La Prensa el sábado 28 de enero de 2012.

Más déficits, más deuda

Por Diego Quijano

Las preocupaciones en torno al endeudamiento del Estado vienen por dos lados. Uno, por la cantidad de contratos de ´llave en mano´ que se están firmando. Estos contratos, aunque imponen compromisos futuros al Estado, no representan una obligación financiera el día de hoy.

Esto favorece la apariencia de la contabilidad del Estado, así como su imagen pública al estar realizando muchas obras; el otro es por el hecho de que se está aumentando el monto absoluto de la deuda para financiar los déficits públicos. Desde 2009, el déficit público casi se ha triplicado.

Como algunas de estas obras no son sostenibles financieramente, es de esperar que continúe creciendo y, por tanto, se requiera aumentar el endeudamiento para seguir financiando sus excesivos egresos.

La deuda puede haber logrado un ´grado de inversión´ de acuerdo a las calificadoras, pero recordemos que estas agencias le otorgaban esa calificación a Grecia hace un tiempo.

Enfoque publicado en el diario La Prensa el miércoles 25 de enero de 2011.

Caridad pródiga y mal dirigida

Por John A. Bennett N.

No hay mayor benevolencia que aquella de la mente y del espíritu; esa que no es tan fácil de redistribuir como lo es el producto impositivo del esfuerzo ajeno. Además de que no es tan fácil tomarse una foto repartiendo benevolencias espirituales como lo es repartiendo botines políticos. Pero lo peor de todo es el inmenso desperdicio de pingües recursos que, bien dirigidos, podrían generar resultados muy superiores para paliar pobrezas. Las acciones típicas y tradicionales de la clase política, consistentes en repartir recursos sin trabajo y política sin principios, dan réditos instantáneos y no diferidos e indeterminados como los propios de la auténtica subsidiaridad humana.

Como bien reza el apotegma talmúdico: “La caridad más noble es la de prevenir al hombre de aceptar caridades –inclúyase ´subsidios´–, ya que los mejores almos consisten en facultar al hombre a dispensar de los almos”. Lástima que estas profundas observaciones se pierden en la maraña de las politiquerías castrantes que nos agobian. En el WSJAméricas.com del 9 de enero vemos un reportaje que anuncia “el principio del final de los subsidios en Argentina”. ¿No es esto escritura en la pared? Igual en El Salvador, en donde el Gobierno eliminó el subsidio del gas licuado; bueno, lo cambió por un descuento eléctrico a los de menor consumo, pero la moraleja es la misma y es que ya los efectos de distorsionantes seudo caridades se van haciendo más aparentes por insostenibles.

La mejor forma de ser solidario es ayudando a las personas a lograr la autodeterminación y la autosuficiencia. Desdichadamente, a menudo los mayores escollos en contra de ello los erigen los mismos gobiernos a través de sus planes de estímulo y de subsidios. El precio de 5 dólares por un tanque de 25 libras de gas licuado es ínfimo comparado los beneficios de la autosuficiencia; lo mismo que el bicho raro de la buena educación. Sin embargo, vemos tanto a gobiernos como a connotadas agencias internacionales, de supuesto asistencialismo, reacios a la adopción de políticas proclives a los caminos de independencia.

El profesor F. A. Harper, de la Universidad de Cornell, nos advierte que “la moda social de nuestra época está en la tentativa de hacer el bien a otros en una profusa confusión de transfusiones económicas”. No entienden que la verdadera caridad no solo es personal y voluntaria, sin crear dependencia, sino que es anónima. En consideración de ello, ¿cómo queda la “caridad” de subsidios que se sufragan con fondos públicos? No existe mayor perversión que la de regar dádivas entre la población.

Al final de cuentas, el nacionalismo estatal, ese que se fundamenta en los recaudos impositivos para luego ser redistribuidos, según los “magnánimos” criterios de la élite gobernante, constituye el mayor destructor de la comunidad; ya que en adelante todos serán como perros falderos que se sientan junto a la mesa, derramando babas, pero sin salir a cazar.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 18 de enero de 2012.

Crueldad máxima

Por Olmedo Miró

El anuncio en el incremento en el “salario mínimo” nacional, al igual de todos los incrementos previos, aparte de representar un acto de ignorancia de los principios más básicos de la economía, de las estadísticas del empleo en Panamá y la capacidad productiva de la sociedad, representa un acto de soberbia gubernativa de las élites políticas y empresariales del país que piensan que pueden decidir por todos los demás panameños y pueden hacer contratos a su nombre, al margen de sus preferencias y circunstancias. Una verdadera crueldad contra todos aquellos que piensan entrar a la vida productiva, aportar a su sociedad y conectar con el resto del país y el mundo a través de la formalidad en el empleo.

La idea del salario mínimo como “benefactor de los trabajadores” es un mito en sí, consecuencia de otros mitos producidos por la propaganda política y la ignorancia acerca del proceso económico:

Mito 1: “El trabajo es un bien escaso”; de hecho aquí hay dos mitos en uno. El trabajo no es un “bien” mejor sería decir, el trabajo es un medio para conseguir un bien. El trabajo surge de que desde que nos expulsaron del paraíso, para conseguir satisfacer nuestras necesidades con bienes de consumo es necesario “trabajar”. Las necesidades del ser humano son infinitas, por lo tanto el trabajo necesario para llegar a ellas es infinito. ¡Agradecerle al gobierno o empresarios élite por crear puestos de trabajo es lo mismo que agradecerle a la serpiente por habernos expulsado del Paraíso!

Mito 2: “Los empresarios “crean” trabajo”; este mito es consecuencia del mito 1 que asevera que el trabajo es un “bien escaso”. No, son las necesidades de los consumidores, todos nosotros, las que generan los trabajos. Y esas necesidades son infinitas. Somos lo que producimos y no se puede consumir sin primero producir. Intercambiamos los productos de nuestro trabajo, este es nuestro ingreso. El hecho de que el gobierno y unos empresarios se jacten de “generar trabajo” es consecuencia directa de las mismas barreras de entrada establecidas por y para ellos mismos, que imposibilitan eltrabajo formal generado desde abajo.

Mito 3: “El salario se paga por el trabajador”; nadie paga un salario por el trabajador (excepto por los botellas en el gobierno) uno paga los salarios por los bienes y servicios que ofrecen los trabajadores. Yo no le pago un salario a Juan Pérez, más bien yo pago por los bienes y servicios que ofrece Juan Pérez. Estos bienes y servicios pueden variar en calidad y escasez. Juan Pérez puede ofrecer la cura al cáncer y ganar mucho o limpiar baños y ganar menos. De cualquier manera todos podemos ofrecer algo a algún precio, pero, ningún trabajador es igual al otro.

Mito 4: “El salario se paga por horas trabajadas”; lo mismo del mito 3, sólo que aquí nadie paga por calentar asientos en la oficina o hacer acto de presencia en la fábrica. El sueldo horario es producto de un anacronismo, la forma de pago del salario en la Inglaterra industrial del siglo XIX lugar y tiempo donde los burócratas empezaron a diseñar estas leyes del salario mínimo. Así mismo es ridículo tratar de implementar un sistema semejante en un país tan diferente como el nuestro. Muchas veces es más importante la forma de pago que el salario mismo.

Mito 5: “El salario mínimo es para todos los trabajadores”. Pues, no, comenzando que el 42% de los trabajadores del país son “informales y que el 38%, de los que trabajan ganan arriba del mínimo. Algunos trabajadores se van a beneficiar pero solo a expensas de los que no puedan hacer “el corte” o sus bienes y servicios no valen el mínimo del salario mínimo. La que sí es verdad es que la informalidad va a valer más y la clandestinidad aumentará aparte del desempleo.

Mito 6: El precio del trabajo se debe ajustar a la “canasta básica”. Esto es una trágica inversión de factores. Simplemente si no hay trabajo no hay canasta básica. El trabajo es el medio para producir la oferta que satisface el consumo. En cuanto a los efectos de la inflación, este es un tema más largo pero una cosa digo: la inflación no afecta los factores por igual.

En nuestro país, a lo largo de los años, el trabajo formal se ha reducido a ser casi un lujo, un bien escaso. Trágicamente, a través de la ignorancia y propaganda esto se explica como algo “normal”. Peor aún, los ofertantes de trabajo se han reducido aun más limitándose a solo grandes empresas con capacidad financiera para invertir en tecnología y automatización. Este nuevo ajuste solo empeora las cosas. Se acabó “la junta de embarre” y los de abajo cada vez tendrán menos control de su destino. Al pobre se le niega su principal herramienta de progreso para entregársela a los ricos. Se le niega su orgullo. Y a esto sus apologistas le llaman justicia social; yo le digo la crueldad máxima.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 28 de diciembre de 2009.