Diatriba a los infiernos desde el paraíso

Por Irene Giménez

Vivo en Panamá. Amo Panamá, este maravilloso país que posee una política fiscal respetuosa con los ciudadanos, receta segura hacia el éxito económico que permite vivir y dejar vivir; cuyo único pecado es atraer capital de ciudadanos de otros países que huyen del inmoral expolio al que se les somete en sus lugares de origen.

Nos quieren “hacer reaccionar con dinamita”. Me refiero al embate y presión que está sufriendo nuestro pequeño país paraíso por parte de los colosos mundiales, que por su búsqueda voraz de rentas para satisfacer su apetito fiscal, pretenden que seamos nosotros, todos los pequeños países paraíso, sus instrumentos para terminar de ahogar a quienes huyen de gobiernos y políticos que cada vez necesitan más y más dinero.

¿Acaso se habrán preguntado los poderosos administradores del infierno si la culpa de la presente crisis les toca más a ellos que a los paraísos fiscales? Acertaríamos más en señalar no a la ausencia de normas, sino al exceso de ellas como el corazón de la crisis.

El interés que subyace a que en el actual tiempo de crisis se reclame más transparencia en los paraísos fiscales es ayudar al Estado a encontrar el dinero no declarado que debería haber reportado suculentas contribuciones al fisco para goce de las entidades públicas. ¡Claro! Así pueden seguir malgastando sin límites a costa de los contribuyentes; ahora para rescatar bancos comerciales, bancos de inversión y demás actividades “privadas”, o más bien seudo–públicas, quebradas, o ¿será acaso para seguir financiando el gasto de los politiqueros de siempre que le prometen el paraíso y luego le dan el infierno a sus pobres votantes?

En todo el mundo el gasto público está desbordado. Los políticos dilapidan inmensas fortunas de la manera que les dicta su discreción; así, se gasta en empresas públicas deficitarias, servicios públicos inoperantes, y en el empleo de millones de funcionarios prescindibles que solo aportan el valor objetivo de su voto; también se disponen enormes sumas para partidas secretas dirigidas a financiar acciones inconfesables del Estado, desde el espionaje y el contraterrorismo hasta la guerra sucia y el soborno a gobiernos extranjeros. El gasto público siempre termina en las manos corruptas de cientos de políticos y altos funcionarios que en la economía real jamás habrían hecho fortuna. Una leve mayoría ha descubierto que puede vivir indefinidamente bien a costa de una minoría que trabaja y produce. Es lógico que las tentaciones de esconder sean proporcionales a los abusos confiscatorios.

Esto es lo que encubren los esfuerzos internacionales de lucha contra el “fraude fiscal”; es el mantenimiento de estos abusos lo que persigue la aplicación de estándares de “transparencia e intercambios de información sobre fiscalidad” desarrollados por la OCDE.

Otro de los argumentos manipulados que se utilizan para atacar a los paraísos fiscales es la acusación de que éstos se prestan para el lavado del dinero producido por negocios armamentísticos ilegales y del narcotráfico, además de facilitar el financiamiento internacional del terrorismo. ¿Será que la voracidad fiscal de los países del G–20 pretende asfixiar a estos negocios ilícitos a través de la tributación? En realidad los paraísos fiscales cuentan con mecanismos de detección para evitar el blanqueo de dinero tan eficaces o más (debido a su escaso tamaño) que los de los principales países desarrollados.

¿Y qué debemos entender por actividades ilegales? ¿Todo aquello que el Estado a través de su funcionario de turno decrete como ilegal? Ya decía el escritor estadounidense PJ O’Rourke, que “el impuesto sobre la renta ha creado más criminales que cualquier otro acto del gobierno al obligar a miles de personas a mentir para protegerse del expolio”. Y así podemos enumerar más actividades que deberían estar bajo el control y la responsabilidad de los particulares, que han sido “confiscadas” por el Estado, haciendo “ilegales” su manejo privado. Gracias a la ilegalización, que ha elevado los costos de transacción en muchas actividades, se han creado criminales y mafias millonarias, a costa del sufrimiento y la miseria de los muchos; piensen en la prohibición del alcohol en Estados Unidos y las nefastas consecuencias que tuvo.

La OCDE insiste en que la culpa de todos los males anteriormente descritos es de los países–paraíso que le brindan refugio seguro a los ahorros privados del mundo. ¡Y no solo son refugio a los ahorros privados! Un gobierno al sur del continente americano envió hace unos años unos cuantos millones a Suiza para “protegerlos”… ¿de qué? ¡Justamente de la voracidad estatal! Ese mismo gobierno ahora pretende desde el G–20 extorsionar a los países que le sirvieron bien en aquel momento. ¿Bien hecho por el Estado, mal hecho por los particulares? ¿Doble estándar? ¿Doble moral? ¿Alguien me lo explica?

Lo mejor que cualquier país puede hacer para enfrentar su crisis económica es soltar las riendas de la presión fiscal, el proteccionismo y la política monetaria. La solución es mayor libertad económica.

Mayor libertad económica tiene como consecuencia mayor prosperidad y riqueza. Los gobernantes tienen que entender que no se puede crear artificialmente la riqueza mediante impuestos y subsidios. Poner el acento en facilitar la máxima generación de riqueza pasa por reconocer que ésta brota espontáneamente de la iniciativa privada, y termina por alcanzar a toda la población de una manera mucho más eficaz que la diseñada por cualquier “ingeniero social”. En un país estructurado por sólidas instituciones como el estado de derecho, la propiedad, la libertad de empresa, en suma, la primacía del individuo, el orden económico espontáneo descrito por Hayek se convierte en una realidad y hace a todos más prósperos.

Quizás en nuestra zona del Caribe no seamos perfectos y nos falte mucho camino por hacer y mucho por mejorar con respecto a nuestras instituciones; pero tenemos claro hacia dónde vamos y mucho de lo que debemos hacer. A la oferta de blancura inmaculada para pertenecer al Infierno Desarrollado debemos responder, Sres., no gracias; por ahora estamos muy bien en nuestro pequeño paraíso.

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2 thoughts on “Diatriba a los infiernos desde el paraíso

  1. Felicitaciones por poner a cada uno en su lugar, Como Uruguayo , me comprende la misma suerte de calificativo, que no me molesta porque realmente vivimos en un paraíso de valores respeto y cordialidad , acorde a nuestro tamaño.
    Si la familia es la base de la sociedad , las empresas son la base de la economía , intentamos respetarlas asi que poior favor no meterse,.-

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