Desobediencia civil y cajas registradoras

Por John A. Bennett N.

En 1849 el transcendentalista Henry David Thoreau publicó un ensayo en dónde argüía que los ciudadanos como individuos no debían permitir que los gobiernos atrofiaran sus conciencias, y que todos tenemos el deber de no caer en el conformismo que le abre el camino al Gobierno a convertirnos en agentes de sus injusticias. Por supuesto que Thoreau no se refería a las cajas registradoras sino a la esclavitud, pero… ¿acaso el condescender a la colocación de un dispositivo gubernamental dentro de nuestra propiedad no es una forma de esclavitud y de conformismo condescendiente?

Thoreau argumentaba que no era que los gobiernos padecían a algún grado de corrupción, sino que eran los agentes primarios de la corrupción y de la injusticia y que la mejor forma de evitarlo era a través de una desobediencia civil de conciencia.

Por supuesto que no se trata de promover una revolución sino de oponerse a lo que está mal. Tampoco estoy hablando del no pago de los impuestos, pues queramos o no, se necesita algún elemento de orden civil y los gobiernos que sufrimos son lo único que por el momento tenemos. Hablo de oponerse a los excesos y para ello tenemos que dilucidar cuáles son los excesos. El primero que salta a mente es el pago de impuestos excesivos. El problema es que muy poco o casi nunca los ciudadanos exigen rendición de cuentas a sus políticos; ni siquiera en las elecciones, ya que a menudo votan por los más raros, y Bucaram o Chávez vienen a mente.

Un gran admirador de Thoreau fue Gandhi, quien se refirió a Thoreau señalando que era un gran escritor, filósofo, poeta, y en términos generales, el más práctico de los hombres; entre otras razones, porque jamás predicó aquello que no practicó. Gandhi acreditó a Thoreau con la emancipación de los esclavos en Estados Unidos y elogió su llamado a la desobediencia civil.

La colocación de equipos fiscales dentro de nuestra propiedad, desde el punto de vista de nuestra autodeterminación y de lo moralmente justo, es más que cuestionable. La misma noticia que salió el 18 de octubre en La Prensa es odiosa, cuando uno lee sobre las “sanciones” que llegan hasta el cierre de empresas. ¡Vaya manera de recaudar! ¿Por qué no las cierran todas a ver si recaudan más?

Ninguna empresa privada podría tratar a sus clientes así; es decir, obligándolos a comprar sus servicios y luego amenazándolos con sanciones y la eliminación de su forma de sustento. La medida favorece a las grandes empresas que pueden asimilar los costos. Es a las pequeñas que golpearán y con ello veremos un aumento de la informalidad.

Los ciudadanos deben estar conscientes que sí existen alternativas, comenzando por decirles a sus diputados que no votarán por ellos, de no oponerse a esta nueva arbitrariedad. Y la otra es la desobediencia civil. ¿Qué van a hacer, a cerrar todas las empresas?

Artículo publicado en el diario La Prensa el viernes 21 de octubre de 2011.

Agencia tributaria y poder estatal

Por Diego Quijano.

Gobierno que entre o salga, circulan las historias de empresarios que, tras criticar alguna política estatal, poner en tela de duda la legitimidad de algún acto público o manifestar su desacuerdo con alguna actuación de un funcionario, amanecen en su empresa con una visita de los auditores de la agencia tributaria.

El Gobierno, dado su monopolio de la fuerza y capacidad coactiva, se encuentra en una situación envidiable: bajo una aparente legalidad –la investigación de una supuesta evasión fiscal–, logra silenciar a sus oponentes. Ante la disímil posición entre el Gobierno, que vive del impuesto, y el empresario, que lleva la carga impositiva, se requiere, desde una perspectiva jurídica, un especial tratamiento del caso.

Hay un aforismo jurídico que lee así: “In dubio, magis contra Fiscum est respondendum.” Ello quiere decir que en caso de dudas, una diferencia entre el fisco y un individuo, se debe decidir en contra del fisco debido a la divergente posición del individuo y el Gobierno, que cuenta con el monopolio de la fuerza.

Cuando un empresario critica al Gobierno y el día siguiente aparecen los auditores fiscales, la carga de prueba se ha invertido. En lugar de presumirse la inocencia, principio elemental del derecho, se presume la culpabilidad y le corresponde al acusado probar su inocencia.

En España, un cambio en la legislación fiscal permitió que la agencia tributaria emitiera sanciones contra empresas con el mínimo indicio de una evasión fiscal. En la práctica, la agencia fiscal podía emitir sanciones y, con esa carta en la mano, “negociar” con el empresario. Así, aun cuando la empresa no hubiese emprendido acciones deliberadas de fraude fiscal y se tratase de un error, debido a lo oneroso y extenso de cualquier proceso judicial, muchos empresarios cedían.

En un interesante caso que llegó hasta el Tribunal Supremo, este falló en contra de la agencia tributaria, señalando que “solo cuando la administración ha razonado, en términos precisos y suficientes, en qué extremos basa la existencia de culpabilidad, procede exigir al acusado que pruebe la existencia de una causa excluyente de la responsabilidad”. (Ver “El TS anula las sanciones que Hacienda no prueba”, Expansión, 21-10-2008).

Así como la policía no puede violar el domicilio a menos que haya una orden expedida por una autoridad competente, la agencia tributaria no debe poder entrar al domicilio de una empresa a menos que haya una causa razonable y demostrada ante una autoridad judicial competente. Esto no solo mantendría la carga de la prueba al que alega el hecho, sino que también reforzaría los procesos informales por medio de los cuales la sociedad exige transparencia a los gobiernos. Por supuesto, falta optimizar los procesos judiciales e incrementar la independencia del Órgano Judicial. Pero, hoy día, no contamos con esa protección que, de adoptarse, fortalecería a la sociedad civil, el derecho a la propiedad y la libertad de expresión.

Mientras se escuchan los cuentos de las visitas de los agentes tributarios, pocos son los empresarios que públicamente critican (pero sí en privado) las impresoras fiscales, a pesar de lo insensato, costoso e invasivo de esta política. Se trata de un caballo de Troya que el Gobierno obliga a que los propios empresarios paguen y coloquen dentro de su empresa, como a un criminal al que se pone en libertad condicional y se le requiere su reporte periódico ante las autoridades.

Artículo publicado en el diario La Prensa el sábado 15 de octubre de 2011.

 

La educación de un genio

Por Olmedo Miró

En días recientes, las “redes sociales” se vieron invadidas y acongojadas por la muerte de quien fue, y me atrevo a calificarlo de manera singular, el padre de la computación personal, Steve Jobs, luego de una larga lucha contra el cáncer. El hombre cuyo legado al mundo, contrario a lo que se piensa, no fue la computadora ni el abaratamiento de estas, sino su embellecimiento; haciendo de las computadoras más que un artefacto para “computar”, una extensión de nuestra personalidad, de nuestra capacidad creadora, un instrumento más personal. Steve Jobs supo conectar el alma con la técnica (métodos), el arte y la ciencia y –usando sus propias palabras– supo “conectar los puntos”. La ironía de esta historia es que este verdadero hombre renacentista decidió muy temprano en su vida que un título universitario no tenía sentido para él, aunque sí, aprender de caligrafía. ¡Caligrafía! Sí caligrafía, hacer letras que sean bonitas, elegantes, con estilo, pero que conecten con el lector. Nada parece estar más separado, la informática como la caligrafía, pero parafraseando a Jobs, “conectar los puntos”, estar en el centro del proceso creativo que es función directa de crear valor, de crear riqueza.

La vida es acerca de “conectar los puntos”, decía Jobs en un discurso a una clase de graduandos en la Universidad de Stanford. Y esos puntos se encuentran en los lugares donde menos se esperan. Contaba la historia de una de las mejores decisiones de su vida, cuando dejó sus estudios universitarios, “no encontré valor en ellos”. Lo curioso del caso es que una vez abandonó la carrera, se dio la libertad de divagar por la universidad, explorando cursos que llamaran su interés; así el curso de calígrafo le interesó y entró de oyente. Nunca se le ocurrió que eso podría tener alguna utilidad en su vida; cuál iba a ser su sorpresa, cuando solo años después, la tipografía, el diseño de las fuentes, serían la carta de presentación de un nuevo modelo de computadora, la Macintosh, no en menor medida producto de ese curso. Una revolución, la computadora por primera vez tenía una estética atractiva de esas pantallas verdes ausentes de cualquier estética.

¿Qué habría pasado si hubiera tomado la carrera de informática, formalmente? Imposible de predecir, pero es cierto que con cinco años de licenciatura, más dos de maestría y otros tres de doctorado, posiblemente, alrededor de los 30 hubiera comenzado una vida laboral y, como murió a los 56, solo 26 años para hacer algo. Y, como es probable que ya estuviera casado, un trabajo fijo hubiera sido más que una necesidad, una urgencia o sea, un empleado anónimo en IBM o Xerox, que eran los gigantes de la informática de la época.

Con la historia de su pequeño desvío al estudio de la caligrafía, posiblemente, Jobs quería ilustrar el espíritu de la época entre los expertos en informática. El hecho era que la caligrafía, como otras artes estéticas, eran anatema para los informáticos de la época. Hay que entender que la informática es reducir el idioma a sus elementos básicos, eliminando todo tipo de ambigüedad, redundancia, reduciendo el idioma a su mínima expresión necesaria para transmitir instrucciones a máquinas sin ruido ni confusión. El resultado es un idioma efectivo para las máquinas, pero árido y desprovisto de espíritu para los humanos. De allí los famosos geeks, personas con limitadas capacidades sociales, pero con habilidad para comunicar con las máquinas. La caligrafía es exactamente lo opuesto a la informática, es hacer símbolos, que son las letras, en objetos de arte y como tales, de formas redundantes y ambiguas, en pocas palabras personalizados al espíritu del que los lee, humanas.

Convertir impulsos eléctricos en objetos de arte, fue la meta de la vida de Jobs. Pero, ¿qué tal si hubiera decidido continuar su carrera universitaria? Las profesiones, tanto como las culturas, intentan amarrar al individuo a una serie de paradigmas que definen a sus miembros. Estos paradigmas encuentran su expresión más explícita en las universidades, cuyos objetivos son formar al individuo a imagen y semejanza del gremio al que pretende pertenecer. Es por eso que las sociedades que más progresan no son las más educadas, son las que están prestas a romper paradigmas utilizando vías no formales. Eso solo se consigue en libertad, libre de restricciones y regulaciones.

Me decía un amigo artista: “amo el arte, pero no produce”. Bueno, es que no ha sabido conectar los puntos. En una sociedad como la panameña, estructurada en títulos y gremios, este tipo de pensamiento parece de otro mundo. Steve Jobs probó lo contrario, el arte vende ¡porque son humanos los consumidores finales! Solo hay que buscar con locura y pasión, conectar los puntos y esperar que las leyes de Panamá no te estrangulen en el intento. ¡Gracias señor Jobs!

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 10 de octubre de 2011.

Hablando de ‘respeto’

Por John A. Bennett N.

Mucho se habla de ‘respeto’ hacia los agentes del orden público, lo cual está muy bien, pero siempre recordando que esa es una calle de dos vías.

Más aún, el respeto es algo que se dispensa entre todas las personas maduras y bien educadas. Pero las interrogantes que surgen en torno al tema son muchas, comenzando porque existen comportamientos que se perciben como agresivos y que promueven respuestas agresivas e irrespetuosas.

En el caso de los policías, estos, al igual que sus jefes, deben tener muy claro que el mismo hecho de ser detenido, particularmente cuando no media causa justificable para la vulneración del precepto constitucional de libre tránsito, constituye un acto de violencia e irrespeto; el cual sólo puede ser excusado en virtud de la comisión de un delito o sospechas razonables de ello.

Por las razones expuestas, los policías deben ser instruidos a ser muy cordiales con los ciudadanos y no como ocurre con frecuencia, que se muestran superiores y altaneros. Más aun, el buen policía, ese que está bien adiestrado y consciente de que su trabajo incomoda, no debe tener piel delgada; entre otras razones, porque quien está armado hasta los dientes es él.

Uno de los disparates mayores de la ley panameña es aquello del irrespeto a los llamados ‘agentes del orden’, porque se presta para abusos de parte de un personal que ya tiene demasiados alicientes para avasallar al ciudadano; y para ello no les hemos contratado.

Las verdaderas autoridades bajo cuyas órdenes operan los policías deberían estar muy conscientes de que en la población existe una minoría de personas típicamente delincuentes y que por ello y para ello es que se adiestra al personal de policía. Igual que deben saber cómo lidiar con el malo, deben saber cómo lidiar con el bueno.

No debe existir ninguna consideración hacia el policía grosero, pues al serlo está en contravención directa a los términos y condiciones de su trabajo. El hecho de que ‘estén arriesgando sus vidas’ tampoco justifica un comportamiento descomedido hacia el ciudadano. En fin, el respeto es algo que se gana, no algo que se impone.

Los mafiosos imponen el respeto del miedo. El buen policía promueve el respeto de quien es apreciado y admirado. Da gusto encontrarse con policías atentos y corteses, pero mi experiencia me ha demostrado que no es raro encontrarse con la variedad soberbia, que despierta recuerdos de épocas muy lúgubres.

En cuanto a que si los retenes y el Pele Police sean para ‘dar más seguridad’, es muy discutible. Estas son herramientas que pueden ser bien o mal utilizadas y su uso indiscriminado y abusivo no es productivo ni justificable. Si los policías se dedicaran más a detener a tantos desordenados que abiertamente pululan nuestras calles, es a estos a quienes deben aplicar el Pele Police, que jamás debía ser una herramienta de uso indiscriminado. Si quieren respeto, que respeten.

Artículo publicado en el diario La Estrella el jueves 6 de octubre de 2011.

Policías ´versus´ ciudadanos

Por John A. Bennett N.

¡Tranquilos!, que el título solo es para picar la atención. ¡Por supuesto! que no debe existir desazón entre policías y ciudadanos. Y, ¡ojo!, que no hablo de “policías y civiles,” ya que los policías también son civiles, en virtud de que en Panamá no hay militares. Los policías, simplemente, son ciudadanos contratados por las autoridades correspondientes del gobierno para que se encarguen de hacer valer las leyes; de manera que no existe diferencia alguna ni derecho alguno que los distinga.

Entonces, podemos inferir que si un ciudadano no tiene derecho de detener a otro, salvo que existan razones de fuerza mayor, como sería que un ciudadano pesque a otro en la comisión in fraganti de un delito; de igual manera, los policías tampoco tienen derecho de detener a nadie sin que medie causa mayor, tal como consta en el artículo 21 de la Constitución cuando dice “El delincuente sorprendido in fraganti pude ser aprehendido por cualquier persona y debe ser entregado de inmediato a la autoridad”. Pero recuerden que la policía no es “autoridad”, sino el brazo ejecutor de la misma.

Ello no quita que un ciudadano, luego de “aprehender” a un delincuente, no puede pedir ayuda a la policía para conducir al delincuente hasta la autoridad. De lo señalado comienzan a desprenderse muchos variados e interesantísimos aspectos de la relación policías/ciudadanos. Por ejemplo, el artículo 38 dice que “la autoridad puede tomar medidas de policía…”, con lo cual queda claro que la policía no es autoridad.

Por lo tanto, y en consideración de lo señalado, los retenes de tránsito no dispensados por las “autoridades competentes” del caso, son un delito, ya que violan preceptos constitucionales fundamentales; tal como lo es el derecho a libre tránsito.

Pero, igual es ilegal que un policía detenga a un peatón que va por la calle con la única finalidad de pedirle identificación, o peor, de catearle. Es más, si fuese lícito que los policías detengan sin razón a un ciudadano, también es lícito que los ciudadanos detengan a los policías. Mucho más si estos son pescados in fraganti en la comisión de un delito, como el de coima o el de privar a una persona de su libertad de tránsito o darle palo.

Pero para aclarar y definir lo que es “detener”, no estamos hablando de que un policía no se le puede acercar a una persona y hablarle. Lo que no puede hacer es impedir que este prosiga su camino, aun ignorando al policía; ¡salvo!, que lo vaya a arrestar. Pero igual puede el ciudadano arrestar a un policía; y si este se resiste, utilizar la fuerza que fuese necesaria para ello. Bueno, aquí lo importante es dejar claro que los policías no son dioses, ni mucho menos; y por tanto no tienen el menor derecho de detener a nadie que no haya cometido un delito. Pero mucho menos derecho tienen de agarrar a palo a quien no se resista al arresto, y menos si ya lo tienen esposado; ya que esto los convierte en maleantes uniformados y a sueldo.

Artículo publicado en el diario La Prensa el miércoles 5 de octubre de 2011.