¿A quién corresponde invertir?

Por John A. Bennett N.

Ya los síntomas y advertencias de una grave recesión económica mundial son evidentes. No se trata ni de pesimismos ni crear pánico e incertidumbre, que esta ya fue creada, no por los heraldos sino por los gobiernos que han hecho práctica común de intervenir economías. Recién, en un informe salido de las entrañas del centro de mando estatal se nos daba la buena nueva de que nuestra economía había mejorado “cuatro posiciones en el Índice Global de Competitividad, manteniéndonos como la segunda economía más competitiva de Latinoamérica…” que según dicho informe, “esto es el reflejo del trabajo coordinado del gobierno y el apoyo del sector privado”.

¡Ejem! Quiere decir que algunos funcionarios están convencidos que el sector privado; vale decir, los ciudadanos en general, somos accesorios en el desarrollo económico del país; que solo “apoyamos” en lo económico. Curioso, cuando la misma Constitución dice que “la economía es primordialmente asunto de los particulares”. Debe ser que en palacio nadie lee las cómicas.

No se trata de quitar méritos, donde méritos hay, sino de estar muy sorprendido y preocupado cuando el empleado se cree gestor meridional del éxito. Escuché un debate entre dos catedráticos, un keynesiano, esos que apoyan la inversión estatal diarreica, y un liberal, de la escuela económica austríaca, y ambos lograron ponerse de acuerdo en cuanto a que los gobiernos son perversos asignando los recursos económicos de un país. El keynesiano argumentaba que la inversión estatal se justificaba solo y en virtud de una recesión, cuando el sector privado no invertía por desconfianza. Interesante proposición, el que los expertos inversionistas no se atreven, en cual caso si se atreven los dueños de lo ajeno que pululan los pasillos del castillo.

En Estados Unidos, estos señores están tan convencidos de su misión celestial de ser inversionistas de emergencia, que ahora proponen una tercera ronda de incentivos económicos; pero eso sí, sin llamarla eso, que ya este nombrecito perdió su gracia. Son como el neumático de repuesto del auto; salvo que en nuestro caso se atreven a decir que los otros tres neumáticos solo sirven de apoyo.

En cuanto a la mejoría en el índice de competitividad, habría que ver si fue que nosotros mejoramos u otros desmejoraron. De hecho varios países del área desmejoraron. Pero lo que no parecen advertir nuestros héroes es que las áreas en las que no logramos mejoría fueron, precisamente, aquellas que corresponden a la gestión de gobierno; es decir, a la eliminación de trabas, corrupción, ineficiencia burrocrática, educación, restricciones laborales, inseguridad, justicia y otras.

Las áreas que van viento en popa, desarrollo de infraestructuras, no son tan preponderantes en un índice de competitividad. La tarea que tiene nuestro gobierno, que le fue delegada de los pasados, es grande: en materia del enredo fiscal, la división de poderes, lo Judicial, límites del poder, límites de legislación, corrupción, burrocracia. Es en todo esto y algo más que pueden y deben brillar, y menos en cacarear huevos ajenos.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 13 de septiembre de 2011.

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