Camino al totalitarismo

Por John A. Bennett N.

Recién, una chica, que iba en un bus, vivió una experiencia que la marcará de por vida. En una parada abordaron el bus un grupo de policías y de manera enérgica comenzaron a solicitar a los pasajeros “¡sus documentos!”

Si la escena se hubiese dado en una película del Siglo XX, toda la audiencia automáticamente sabría que se trataba de un metraje de los regímenes totalitarios, como el nacismo, comunista, o fascista. Pero no, la escena es una que viven a diario los panameños que viajan en buses, a pesar de que la Constitución consagra el derecho a “libre tránsito.”

La chica del caso era una ciudadana nicaragüense que había venido a nuestro país en busca de una mejor vida, para ella, su pequeño hijo de 4 años y para ayudar a los suyos en su país de origen. Por descuido, justo unos días antes se le había expirado su permiso de estadía. El cabo que revisó sus papeles no puso objeción e intentó devolverle los papeles, pero un sargento espetó: “¡déjame ver esos documentos!” Al percatarse que el permiso había vencido, la bajaron del bus y la condujeron como maleante a un centro de migración.

La familia que había contratado a la joven, la cual se había ganado la confianza y cariño, no sólo de la hija de 3 años que había cuidado con esmero por más de un año, al enterarse del caso, se apresuraron a rescatarla. En el sitio de detención dieron explicaciones y fueron informados que no había problema y pronto la dejarían libre. Pero como suele ser con las dependencias estatales, se produjeron demoras y, siendo fin de semana, todos salieron en estampida para sus casas. La joven quedó presa en una celda junto con otras mujeres; temblando y llorando, pasaría un fin de semana pensando en su pequeño hijo.

¿Qué nos está ocurriendo? Si las familias contratan a extranjeras para cuidar a sus hijos, es porque no encuentran cómo satisfacer sus necesidades localmente. La gran pregunta es, ¿acaso estos seres humanos vienen a restar o a sumar? A juzgar por la cantidad de personas que las contratan diría que suman.

No se trata de maleantes sino de seres humanos que solo buscan algo mejor. ¿Será cierto que para mejorar nuestra seguridad y empleo sea necesario ir convirtiendo a nuestro país en un sistema totalitario en donde hasta para ir al chinito a comprar azúcar, uno va pensando que los van a abordar con un, “¡sus papeles!” Y no solo lo sufren los extranjeros, sino la propia gente del patio.

La otra cara de la moneda, la oculta, es que me han contado de casos en que se hacen las redadas y cuando los patrones van al rescate, lo logran, siempre que pasen por taquilla. ¿Me pregunto si estos casos, que son mucho más serios que el andar con papeles vencidos, los persiguen con igual ahínco?

Artículo publicado en el diario El Panamá América el sábado 17 de septiembre de 2011.

Paradoja del crecimiento exponencial

Por John A. Bennett N.

Nuestro mundo está evolucionando de manera vertiginosa y con ello nos ha planteado una complicadísima paradoja. Y es que cada día necesitamos menos músculos y más cabeza. Necesitamos ser más serviciales en todo sentido, y para ello hace falta ser creativo, innovador y flexible, pero eso no es lo que están produciendo nuestras escuelas; particularmente las gubernamentales.

Y es que no podemos pedirle aguacates a la cañafístula. Nuestros gobiernos se empecinan en seguir haciendo aquello en lo cual son extraordinariamente incapaces… educar. No es asunto de reformas curriculares ni de que nuestros educadores sean minusválidos; lo que no funciona es el sistema centralizado politiquero.

Las empresas privadas que no funcionan bien quiebran. Cuando las estatales no funcionan, nos aumentan los impuestos y dilapidan más fondos para lograr peores resultados. El problema está en que no queremos enfocar la raíz del problema, y seguimos enfocando sus síntomas.

¿Podría llegar usted desde nuestra ciudad capital hasta Chiriquí en un automóvil de cambios manuales sin cambiar de primera a segunda? Obvio que no, pues, o se funde el motor o se agota el combustible. Esta es la analogía del mundo actual; y es que el auto del desarrollo necesita pasar a segunda, tercera, cuarta, quinta y posiblemente a décima, ¡ya! El problema es que nuestro sistema educativo es análogo al de la basura; es decir, que intentamos resolver corrientes abajo un problema que fue creado corrientes arriba. El lío de la basura tiene que ser corregido en las casas y empresas en donde se genera y no en un vertedero lejano, lleno de gallinazos que escondemos para olvidarnos que existe.

Nos encontramos en medio de una nueva revolución social y económica; comparable a la Industrial, pero con reglas completamente nuevas. Ahora al recurso no es muscular sin intelectual. Debemos cambiar por completo la manera en que aprendemos. El sistema académico tradicional y paralítico en que estamos varados fue ingeniado para la Revolución Industrial y no para el Siglo XXI.

En el mundo siempre hubo cambio y lo nuevo no es sino la velocidad del mismo. Nuestras escuelas siguen enfocándose en mejores exámenes, y en lograr embutir a los estudiantes con conocimientos anacrónicos. Creemos que porque enseñamos a nuestros hijas a pasar exámenes, ello los preparará para superar los retos de la vida.

Hoy, toda la información está en la Internet y en las redes sociales y no hay que memorizar sino saber en dónde está. ¿Para qué trasladar toda la información del Internet hacia nuestros cerebros? Si es que lo logramos, ya no nos queda espacio para las cosas importantes.

Lo más dramático y sorprendente de todo esto es que hoy los jóvenes aprenden mucho más cuando salen de la escuela que durante sus horas lectivas. Es así, porque fuera del aula cuentan con todos los recursos y más que nada, con el mayor de los recursos, que es ¡la pasión por aprender!, esa que apagan en los centros académicos estatales, porque el sistema se centra en los numeritos y no en la persona humana.

Atículo publicado en el dario La Estrella el viernes 16 de septiembre de 2011.

¿A quién corresponde invertir?

Por John A. Bennett N.

Ya los síntomas y advertencias de una grave recesión económica mundial son evidentes. No se trata ni de pesimismos ni crear pánico e incertidumbre, que esta ya fue creada, no por los heraldos sino por los gobiernos que han hecho práctica común de intervenir economías. Recién, en un informe salido de las entrañas del centro de mando estatal se nos daba la buena nueva de que nuestra economía había mejorado “cuatro posiciones en el Índice Global de Competitividad, manteniéndonos como la segunda economía más competitiva de Latinoamérica…” que según dicho informe, “esto es el reflejo del trabajo coordinado del gobierno y el apoyo del sector privado”.

¡Ejem! Quiere decir que algunos funcionarios están convencidos que el sector privado; vale decir, los ciudadanos en general, somos accesorios en el desarrollo económico del país; que solo “apoyamos” en lo económico. Curioso, cuando la misma Constitución dice que “la economía es primordialmente asunto de los particulares”. Debe ser que en palacio nadie lee las cómicas.

No se trata de quitar méritos, donde méritos hay, sino de estar muy sorprendido y preocupado cuando el empleado se cree gestor meridional del éxito. Escuché un debate entre dos catedráticos, un keynesiano, esos que apoyan la inversión estatal diarreica, y un liberal, de la escuela económica austríaca, y ambos lograron ponerse de acuerdo en cuanto a que los gobiernos son perversos asignando los recursos económicos de un país. El keynesiano argumentaba que la inversión estatal se justificaba solo y en virtud de una recesión, cuando el sector privado no invertía por desconfianza. Interesante proposición, el que los expertos inversionistas no se atreven, en cual caso si se atreven los dueños de lo ajeno que pululan los pasillos del castillo.

En Estados Unidos, estos señores están tan convencidos de su misión celestial de ser inversionistas de emergencia, que ahora proponen una tercera ronda de incentivos económicos; pero eso sí, sin llamarla eso, que ya este nombrecito perdió su gracia. Son como el neumático de repuesto del auto; salvo que en nuestro caso se atreven a decir que los otros tres neumáticos solo sirven de apoyo.

En cuanto a la mejoría en el índice de competitividad, habría que ver si fue que nosotros mejoramos u otros desmejoraron. De hecho varios países del área desmejoraron. Pero lo que no parecen advertir nuestros héroes es que las áreas en las que no logramos mejoría fueron, precisamente, aquellas que corresponden a la gestión de gobierno; es decir, a la eliminación de trabas, corrupción, ineficiencia burrocrática, educación, restricciones laborales, inseguridad, justicia y otras.

Las áreas que van viento en popa, desarrollo de infraestructuras, no son tan preponderantes en un índice de competitividad. La tarea que tiene nuestro gobierno, que le fue delegada de los pasados, es grande: en materia del enredo fiscal, la división de poderes, lo Judicial, límites del poder, límites de legislación, corrupción, burrocracia. Es en todo esto y algo más que pueden y deben brillar, y menos en cacarear huevos ajenos.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 13 de septiembre de 2011.

Las estadísticas y los procesos de mercado

Por Diego Quijano

En 2003, en su discurso a la American Economic Association, el estadounidense Robert Lucas declaró que el problema central de la macroeconomía, “el de la prevención de depresiones, ha sido resuelto”. Hoy no podemos más que reírnos de su ingenuidad. Pero que un economista de esa talla osara afirmar aquello, demuestra la crisis en que se encuentra la macroeconomía moderna y el nivel de arrogancia de los economistas matemáticos.

El problema de la macroeconomía radica principalmente en que su análisis se basa en agregados estadísticos que esconden la complejidad de los procesos de interrelación de los millones de seres humanos que conformamos la sociedad. Y es que a medida que se va sofisticando, agrandando y enriqueciendo la sociedad, diariamente intercambiamos con cada vez más personas con diversísimos grados de intimidad o conocimiento, lo cual significa que cada día esas estadísticas son menos y menos útiles.

Para visualizar lo que quiero decir, imagínese todas las actividades, relaciones e intercambios del individuo promedio en una tribu aislada en un día. Compare eso con el número de intercambios y relaciones que tiene el individuo promedio de una sociedad moderna y globalizada.

Lo fascinante de ello es cómo cada día realizamos acciones para cumplir fines concretos, cuyo objetivo es llevarnos más cerca de alcanzar otros fines más lejanos en el tiempo.

Todos los seres humanos en este sentido actuamos para perseguir los fines que valoramos más, y cuando nos interrelacionamos e intercambiamos, lo hacemos porque consideramos que hacerlo nos permitirá acercarnos más a esos fines. Si no fuera así, ¿por qué lo haríamos? Y con todo y nuestros planes distintos, nuestros días transcurren predominantemente en un orden espontáneo que existe solo gracias a las acciones de otros.

Friedrich von Hayek, otro Nobel de Economía, dijo en su discurso de aceptación de dicho premio en 1974, que él prefería “el conocimiento verdadero, aunque imperfecto, a pesar de que deje muchas cosas indeterminadas e imprevisibles, a una pretensión de conocimiento exacto que probablemente será falso”. Estadísticas como el producto interno bruto (PIB) no capturan la realidad: que el mercado es una complejísima red de relaciones personales. Sin embargo, los macroeconomistas neoclásicos realizan tremendos esfuerzos y gastan enormes recursos en determinar hasta la última décima lo que el PIB sumará en el próximo período.

Como dijo Hayek, prefiero ignorar si el PIB del sector construcción creció 15.7% o 16.9%, y prefiero saber si en general esas viviendas se están construyendo porque existe una demanda real respaldada por la producción del demandante, así como el nivel de ahorro (en cantidad y plazos) necesario para financiar actividades que toman al menos 10 y tal vez 40 años en amortizarse.

Enfoque publicado en el diario La Prensa el sábado 10 de septiembre de 2010.

¿Realmente estamos ´creciendo´?

Por John A. Bennett N.

Seguir usando el PIB como medida del “crecimiento” es quedarse varado en la miasmática lama de la marea baja, ya que los numeritos que tanto adoran algunos economistas tradicionales no representan la verdadera producción y más bien se refieren al gasto; aquel en donde va lo bueno, malo y feo.

Los problemas de calcular crecimiento económico en una economía tan extendida y distorsionada por el intervencionismo vigente no los podemos exagerar. Y el otro aspecto que rehúyen los analistas de palacio es la medida del desarrollo humano e institucional; esa sin la cual el crecimiento numérico pierde por completo su sentido.

La política imperante, difundida como evangelio social, que pretende que sea el Estado quien garantice el bienestar a través de una administración económica de lo ajeno, es deleznable y ya sus resultados debían ser obvios hasta para los más desatentos.

¿Cómo podemos efectuar una medición coherente de factores tan diversos como de programas de software, servicios administrativos, actividades de ingeniería, salud, legales, educativas y mucho más? ¡Absurdo pensar que podemos medir estas cosas en términos de ingresos y gastos! Igual los precios miden poco; y si miden algo, hoy día son el producto de distorsiones causadas por la manipulación del dinero por parte de los Estados emisores.

En el mundo “moderno” hemos abandonado la economía humana por la maquinaria industrial bélica y por la expansión del Estado benefactor, en donde los economistas keynesianos encontraron sus fortunas en las minas económicas del rey.

El problema es que esas minas se están agotando y el futuro se vislumbra muy confuso.

En fin, no existen los atajos hacia el verdadero desarrollo humano; ese que pasa a través del trabajo productivo de valor agregado y del ahorro. Ahorro que cada día se cuela a través de sumideros impositivos improductivos.

Enfoque publicado en el diario La Prensa el sábado 3 de septiembre de 2011.