El Balboa no es una moneda confiable

Por Omar Sanabria.

Durante este año, el gobierno puso en circulación 40 millones de Balboas en monedas de 1. El motivo principal de la acuñación de Balboas fue ahorrar el alto costo de reposición de billetes; aproximadamente un millón de Dólares anuales.

Es errónea la afirmación de que los gobiernos ahorran, pues el verdadero ahorro de la sociedad proviene de la producción de las personas. Si un país está teniendo ahorros, lo correcto es que se bajen los impuestos a la población. Falseado el planteamiento del ahorro, lo correcto sería decir que el gobierno incurrirá en un gasto menos.

El origen del dinero ha sido olvidado por los Estados modernos. El dinero fue producto de un fenómeno de mercado que duró miles de años, en el cual las personas escogieron un medio con el cual pudieran realizar sus transacciones y que a la vez mantuviera el valor de su productividad.

Si el problema es el gasto de reposición de billetes, una mejor solución habría sido cambiar los 40 millones de Dólares de papel por 40 millones de Dólares en monedas, que acuña los Estados Unidos.

Han sido fallidos todos los intentos de introducir al mercado estadounidense Dólares en monedas, primero en 1979 con el Dólar Susan B. Anthony, luego en el 2000 con el Dólar Sacagawea y por último en el 2007 con monedas de rostros de diferentes presidentes. El resultado ha sido más de mil millones de monedas en bóvedas y sin usar.

En Ecuador, con economía dolarizada, se utiliza la moneda del Dólar Sacagawea; para ellos es un mecanismo de evitar el gasto de reposición de billetes. Sin embargo, resulta incómodo para las personas cargar muchas monedas.

El Balboa panameño no está a la par con el Dólar estadounidense; de esto nos damos cuenta con una sencilla prueba: tratemos de cambiar Balboas por Dólares en otro país. El resultado es que no nos los cambiarán, entonces nos daremos cuenta de que el Balboa es inconvertible. Algunas casas de divisas señalan que el Balboa Panameño (PAB) tiene cambio a la par con el Dólar Americano, pero este valor se da porque la economía está dolarizada. Si Panamá no tuviera acuerdo de circulación del Dólar y utilizara su propia moneda, el valor no sería el mismo que dice tener actualmente.

En el Siglo XIX, don Justo Arosemena había recomendado no tener una unidad monetaria nacional, debido a las múltiples manipulaciones a que puede ser sometida; su propuesta fue la libre circulación de monedas y elegir la mejor de ellas. Tal ha sido el comportamiento de los panameños, quienes siempre han elegido la unidad monetaria que han estimado más cómoda para comercializar. Tan sólo hay que recordar la fallida emisión de 1941, bajo el gobierno de Arnulfo Arias. Otros proyectos de emisión fallidos fueron los de 1911 y 1913, bajo el gobierno de Pablo Arosemena y Belisario Porras, respectivamente.

El rechazo de la población a la última emisión de Balboas demuestra que la moneda no brinda confianza y probablemente quedarán de colección.

Artículo publicado en el diario La Estrella el domingo 28 de agosto de 2011.

¿Cuál es la mejor inversión?

Por John A. Bennett N.

El peor enemigo de la inversión, y particularmente de la inversión estable y duradera, es el intervencionismo estatal y la incertidumbre; algo que se ha hecho evidente en Estados Unidos (EU), en donde el problema actual no ha sido la falta de inversión por parte del Gobierno sino del sector privado.

Pero no confundamos esas inversiones “privadas” que guardan una íntima vinculación con proyectos centralizados, estimulados, protegidos en zonas especiales de desarrollo, mientras que el resto de los mortales, el inversionista del patio, lo dejamos a merced no solo del océano de normas enredadas y restrictivas sino de las actitudes de un funcionariado estatal hostil.

Mientras que el inversionista invitado y resguardado por palacio disfruta de importantísimas ventajas, el lugareño debe navegar en una marejada de corrientes adversas. Uno vienen a efectuar obras para luego retirarse; pero los locales, que están más interesados en inversiones permanentes trabajan en desventaja.

Ya lo hemos dicho y es bueno repetirlo. Si los amparos normativos de las zonas especiales de desarrollo son necesarios para el inversionista foráneo, ¿acaso no lo son igualmente para el lugareño? ¿A final de cuentas, no son las plazas de trabajos estables lo que buscamos?

No hay mayor desincentivo a la inversión que la incertidumbre y sentirse despreciado por quienes alegan estar “estimulando” la economía.

Ya no se puede ni poner el dedo en la caja registradora sin sentir que nos estamos comunicando con nuestros expoliadores; sin perder de vista que cada día la situación económica va imponiendo más incertidumbre y obstáculos.

Por algo en EU algunos candidatos presidenciales hablan de bajar a cero los impuestos corporativos; porque se han dado cuenta de que sin empresas pujantes no habrá trabajo y no habrá economía sana.

Enfoque publicado en el diario La Prensa el sábado 27 de agosto de 2011.

Agua y mercado

Por John A. Bennett N.

Sabemos que tenemos graves problemas de agua, pero igual que con el tema de la educación, el jaleo está en la sobrecama, no el colchón. El colchón es el libre mercado y, por alguna razón, los panameños hemos decidido que funciona para casi todo, menos para cosas como la educación y el agua. ¿Cómo fue que le pusimos esa sobrecama política al colchón?

En Panamá hay agua, el asunto es cómo nos hacemos de ella. El vehículo natural es el mercado, pero hemos escogido recibirla a través del politburó y cuando no llega o llega turbia nos preguntamos por qué. Indudablemente, que el agua en el mercado puede ser cara, tal como la botellita de agua Cristo Tributo Modigliani, con un contenido de oro de 24 quilates, que se vendió en subasta a $60 mil. Lo cierto es que el agua no escasea cuando el precio es el correcto; pero sí cuando se pierde en burocracias, tuberías rotas y en consumidores que la malgastan, porque no pagan por ella.

¡Por supuesto que el agua de la pluma no es tan sexy como la Fiji o Perrier!, lo que pagamos es el caché, el envase y el servicio cómodo; así como la “seguridad” y algún contenido mineral y, quizás, burbujitas.

A través del tiempo nos acostumbramos o “nos acostumbraron” al agua gratuita o económica, y mala cosa ha sido; particularmente, ahora que, por desprecio, la estamos contaminando por todas partes. La gran realidad a la que tenemos que despertar, es que la calidad tiene precio, cosa que no existe fuera de un mercado libre. Ya estamos viendo que el agua no es infinita y que nuestros gobiernos están a punto de tirar la toalla; quieren pasarle la papa caliente al Chapulín ACP, ¡vaya solución!, y supongo que luego se la pasamos a la ATTT.

Como vemos, no todas las aguas son iguales ni tienen igual precio. Hay un mercado para agua no potable, potable, embotellada, de restaurante y de colección y no podemos seguir con la charada tradicional de pretender que el Estado nos resolverá, cosa que cada día se torna más evidente. Suerte que el agua no se desgasta, pero… ¡vaya si se ensucia!, y limpiarla cuesta. La cantidad en existencia en el mundo es una, y esa la usamos y reutilizamos; al punto de que, como dijo uno por allí, quizás en el vaso de agua que bebiste hoy había alguito de la orina de César.

El agua misma no es cara, sino su logística. La triste realidad es que los gobernantes han controlado y usado el agua para hacer política. Nuestra industria y comercio es plenamente capaz de suplirnos agua segura y económica, igual que nos suple gaseosas, cerveza, vinos y tal, que nadie parece quejarse por su precio.

Lástima que sean tantos los ciudadanos que no entienden ni confían en el mercado, pero sí en los políticos, a pesar de la evidencia de que esa sobrecama no cobija.

Artículo publicado en el dario La Prensa el martes 23 de agosto de 2011.

40 años de un proceso de quiebra

Por Olmedo Miró

Recientemente, se dio un evento histórico cuando una de las compañías evaluadoras, la Standard & Poor´s, bajó la calificación de riesgo del gobierno federal de Estados Unidos de AAA, un grado perfecto, al que, supuestamente, es imposible entrar en una situación de “no pago” o quiebra, a AA al que, posiblemente, “no sea tan imposible” una situación de quiebra. ¿Pero es esto cierto? ¿Qué el Gobierno de Estados Unidos nunca ha incumplido con sus compromisos financieros?

Érase el 15 de agosto de 1971 cuando el presidente Nixon sale en la televisión, primero quejándose de los perversos “especuladores financieros” y la forma como destruían la estabilidad del dólar. Esto es algo que “se debe detener”, decía el presidente Nixon en su discurso. Lo que no mencionaba Nixon, era lo que esos perversos especuladores señalaban, el enorme incremento en el gasto del Gobierno que, en ese momento, no solo estaba pagando la guerra de Vietnam, sino el “estado de bienestar” que crecía sin control.

Obviamente, esto generaba déficits que no eran tan “alegremente” financiables con la impresión de dinero, por una razón muy sencilla, había disciplina monetaria que tenían que seguir, y esa disciplina era mantener el precio del oro a 35 dólares la onza, como se estableció en la conferencia de Bretton Woods, en 1948.

En aquel momento, EU imprimía dólares y más dólares y la gente los tomaba (en realidad, eran los bancos centrales del mundo, ya que la gente común tenía prohibido poseer oro) e iba a la “ventana” de la reserva federal en donde se guardaba el oro y exigía que le dieran oro a 35 dólares la onza y no más. Es obvio que con la abundancia de dólares generada por el incremento de gastos del Gobierno de EU esta promesa, garantizar el oro a 35 la onza, era imposible o, tarde o temprano, todo el oro se iba a ir, una corrida en el oro. Así que en su discurso Nixon estableció el cierre de la “ventana del oro”, desconectando al oro y las monedas del mundo de toda conexión con la realidad.

Cuando un país normal (aquel que su propia moneda no es la moneda de reserva del mundo) como Argentina, quiebra, las consecuencias son inmediatas, hiperinflación y crisis. Cuando una superpotencia cuya moneda es la moneda de reserva del mundo, quiebra, el desenlace es mucho más lento, pero eventualmente más caótico. De hecho, ha durado hasta nuestros días y todavía no termina.

Una breve historia monetaria de las últimas décadas: Una impresión sin control de dólares, obvio, crea más dólares y esos dólares de más tienen que terminar en algún lado y así, en la década de 1970, terminaron esos dólares en mercados financieros extranjeros como pago por petróleo y materias primas (los famosos petro-dólares); esos países que recibían los dólares los pusieron en el banco y los bancos dieron el dinero prestado. Esos préstamos terminaron en economías emergentes, como la nuestra, facilitando un incremento dramático en las deudas de nuestros países. Pero, ojo, una cosa es deber en nuestra propia moneda, otra en una que no es la tuya. Los gringos estaban preocupados por el aumento de la inflación en su país y aparece Paul Volcker, y sube, dramáticamente, los intereses y empieza a recoger los dólares que andan por allí y los endeudados, nosotros, terminamos pagando intereses insostenibles y así “reventamos palito”. Fue la “década perdida de los 80”.

A partir de allí, EU pasó de ser prestamista neto para el mundo a ser el más grande deudor, con más del 80% del crédito del mundo. Su gobierno creció, descomunalmente, a tamaños inauditos hace solo una década. Y lo que es peor, su industria y su gente pasaron de ser la sociedad más productiva sobre la tierra, suministrando al mundo de cuanto producto manufacturado que no se podía imaginar, a ser unos deudores crónicos esclavos de sus deudas. Una triste realidad para la sociedad que ayudó al mundo a liberarse del nazismo y comunismo.

Hoy en día, a pesar de que el avance técnico nos ha hecho llegar a alturas insospechadas y la incorporación de casi 2 mil millones de personas al libre mercado, hay una sensación de malestar entre el ciudadano común. No importa cuánto trabaje, el bienestar parece alejarse algo más. Tengo que vivir endeudado para obtener el mismo estándar de vida de mis padres, mientras que otros se hacen ricos a niveles inauditos, ¿qué pasa? Bueno, observe bien los billetes que tiene en el bolsillo, porque hay alguien que consume sin límites y cada vez produce menos. Y como decía la canción, “ese barbarazo acabó con to”.

Hoy, la onza de oro está llegando a los mil 800 dólares y esto continúa.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 22 de agosto de 2011.

Gasto público y procesos de mercado

Por Diego Quijano.

Un déficit fiscal no puede revertirse aumentando el gasto público con la esperanza de que este genere un dinamismo económico que brinde ingresos lo suficientemente holgados como para cubrir el déficit en el siguiente período. Los procesos de mercado son procesos de ajuste y coordinación en el que cada persona va reaccionando y modificando sus planes ante las cambiantes circunstancias con miras a alcanzar sus fines de la manera que consideran más apropiada. Cuando el Gobierno interviene en la economía se generan desajustes debido a que sus acciones tienden a darse A base de criterios políticos y con menor eficiencia, lo cual causa obstáculos a los procesos de ajuste y coordinación.

En vista de que la situación en los mercados de valores se ha tornado inestable y que aparecen signos de que no ha habido ninguna recuperación económica en Estados Unidos, esperamos que el gobierno empiece a operar –al menos internamente– como si las cosas fueran a salir mal.

El éxito en las inversiones está en operar con un gran margen de seguridad, no alimentando una idea que pudiera quedarse como un castillo en el aire.

La inestabilidad actual en los mercados de valores se debe a que había una expectativa de una recuperación económica que no se está dando. Esta expectativa había sido generada por los programas gigantescos de gasto estatal.

Lo que estamos viendo ahora es la lamentable pero inevitable consecuencia de utilizar el gasto público y la expansión monetaria para paliar una recesión económica que había sido ocasionada en gran parte por previas intervenciones, como las políticas de crédito fácil de las bancas centrales internacionales.

El efecto principal de estas medidas ha sido posponer a futuro los ajustes necesarios, causando que los momentos dolorosos duren más y, al prolongarse, causen más resentimientos.

Esperamos que los rotundos fracasos de las políticas expansivas de gasto deficitario a la Keynes en estos últimos tres años, en países como Estados Unidos y España, sirvan para convencer a aquellos que todavía piensan que el dinamismo económico puede recuperarse a través del sector público.

No puede ignorarse que los recursos que tiene el sector público son detraídos de manera coactiva del sector privado. Por ello, la responsabilidad del Gobierno no debe ser dirigir el país, sino crear las condiciones para que se puedan dar los procesos de ajuste y coordinación en una sociedad de interrelaciones voluntarias, a saber, defender la propiedad privada, optimizar los órganos que administran justicia y mantener la paz.

Enfoque publicado en el diario La Prensa el sábado 13 de agosto de 2011.

Alma de político

Por John A. Bennett N.

La persona política se inclina a involucrarse en el negocio de conducir el Gobierno, lo cual nos lleva a ponderar sus motivaciones. A primera vista no existe razón para pensar que entre los políticos hay más torcidos, en términos porcentuales, que en el resto de la población. Pero la inquietud no deja de ser válida debido a que la percepción ciudadana común es que son más los políticos delincuentes. Lo cierto es que debido a la gran importancia que tiene está actividad en nuestras vidas, se hace muy interesante examinar la constitución sicológica del político.

La desconfianza en la clase política está bien establecida hasta en la misma etimología del término “político”, que tiene una acepción que le caracteriza como mañoso, astuto o hasta engañoso. De hecho, cada profesión reúne a personas con similares inclinaciones; unos para ser médicos, otros contadores, músicos y así, los cuales comparten perfiles sicológicos.

Existen tres inclinaciones generales entre los humanos: el ciudadano común que produce bienes y servicios y que está inclinado a funcionar dentro del marco de la ley; el delincuente que se dedica a robar, matar y tal, quien trabaja al margen de la ley, y el político, motivado por la producción y administración de las leyes.

Lo curioso de la última categoría es que es muy común que estos individuos, más allá de vivir dentro o fuera de la ley, también gustan vivir por encima de la ley. Me explico, cuando un policía detiene al ciudadano común, ya sean los que viven dentro del marco de la ley o fuera, el ciudadano se siente incómodo, mientras que el agente se siente a gusto cumpliendo con sus funciones. Pero cuando detiene al político, particularmente al elegido, tal como diputado, alcalde, etc., todo cambia y el policía es quien se siente incómodo, mientras el político se siente cómodo y típicamente le dice al policía: ¿Sabes quién soy? ¿Qué está ocurriendo aquí?

Lo que ocurre es que el ciudadano probo vive dentro del marco legal, ya sea porque es moral o temeroso de la ley y del qué dirán; mientras que al delincuente que vive fuera del marco de la ley lo único que le preocupa es que lo atrapen. Pero el político es otra cosa, ya que él puede vivir por encima del marco de las leyes que él mismo concibe y pare.

Al ciudadano comerciante no solo le preocupa la ley y el qué dirán, sino que su bienestar económico está íntimamente ligado a la satisfacción de sus clientes. Al maleante le interesa la satisfacción de sus desordenados apetitos y el miedo a la ley. Y al mal político, más que nada, le importa estar en la papa y ser reelegido para continuar en la papa.

Nos cuenta Frank Chodorov que el político está imbuido de un “complejo de poder” que es una fijación en la que el imperativo motivador es flotar por encima del resto de la mundanal estirpe, y no es nada raro que se olvide por completo de que es un empleado del resto de la población. Lo malo es que parece ser un empleado que se siente superior a sus jefes.

Por la naturaleza de su personalidad y de su actividad, el político siempre busca la manera de aumentar su cuota de poder. En el Señor de los Anillos, Saurón no soñaba con muchos anillos de un poder disperso, sino con muchos sometidos al poder del anillo único. Por ello fue que Saurón sufría de un inmenso apetito por controlar a todos estos anillos.

Para el político, a diferencia del estadista, cuando pierde las elecciones, se enfrenta a la peor de las pesadillas; la de ser otro simple mortal que sentirá temor cuando lo detiene el policía. Bien recuerdo las palabras del dos veces primer ministro de Estonia, Mart Laar, cuando nos visitó y le preguntaron: ¿Qué es lo más importante para ser buen político? Y respondió: “No enamorarte del puesto”. También nos dijo que lo peor que se podía hacer con un político era “darle más dinero del que necesita”.

Por todo lo dicho, debería ser obvio que lo que debe preocupar al ciudadano común es la reducción de la estirpe política a la mínima expresión cónsona que su razón de existir.

Debería ser axiomático que en el caso de los políticos, menos es más. Menos repartiendo lo ajeno o quedándoselo; y precisamente ese es el sentido de una democracia republicana. Este es un tipo de gobierno en el que impera el estado de derecho. Y quizás, también, podríamos decir que impera el estado del ciudadano derecho o probo; porque en la medida en que tengamos más de estos, tendremos más estadistas y menos cínicos.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 8 de agosto de 2011.