Cuando lo feo se hace ciudad

Por Olmedo Miró.

Describía un historiador romano que cuando las tribus bárbaras invadieron Roma, al ver que el agua fluía alegremente de los grifos, convenientemente desplegados por toda la ciudad, quedaban totalmente maravillados ante el portento. Tanto así, que iban por toda la ciudad arrancando esos grifos maravillosos para llevárselos a sus pueblos. ¡Cuál habrá sido la sorpresa de nuestros bárbaros cuando, al instalarlos en sus pueblos, el agua no brotaba igual que en Roma!

Posiblemente, no somos tan neófitos como estos bárbaros para pensar que un grifo funcione sin la infraestructura detrás de él, pero en nuestros países no paramos de importar legislaciones, autopistas, edificios y todas esas cosas que simbolizan el progreso, pero sin crear la infraestructura necesaria, que comienza con nuestra cultura.

El resultado, las clásicas megalópolis latinoamericanas grandes y llenas de símbolos de modernidad, pero en el fondo caóticas, sin vida, llenas de crímenes y de barbarie. Todo esto producto de un desarrollo que intenta ser planificado, pero que olvida que el verdadero sentido del desarrollo es el que siempre ha sido y será, que es la promoción de la convivencia.

Este desarrollo está liderado por nuestros Estados, fuertemente centralizados, que gracias a los impuestos que cobran y a su poder para apalancar deudas se han convertido en los desarrolladores exclusivos de infraestructura pública. Y si hay una inversión que simboliza mejor que nada el poder de gasto del Estado, es la inversión en carreteras y autopistas.

Es el caso de las autopistas, posiblemente la manifestación más evidente del Estado en nuestra sociedad. Nuestros políticos se apuran a endeudarnos para inscribir su nombre en ellas, así como si fuera obra de ellos. Pero estas autopistas tienen una característica paradójica, en vez de acercar, como lo debe de hacer una vía de comunicación, ¡alejan! Nunca hemos tenido tanta infraestructura vial en el país y nunca hemos tenido más tranques.

Los corredores y autopistas que se han creado obligan a una dependencia mayor del auto y han forzado a la gente a vivir cada vez más lejos de los centros urbanos y más aislados unos de otros. El resultado es una ciudad inhóspita, una sociedad más fragmentada, con sus lógicas consecuencias de más inseguridad. Y eso que estamos muy lejos de ser una ciudad grande, con un millón de habitantes en el centro urbano de Panamá, más medio en las afueras.

¿Por qué sucede esto? Las ciudades son manifestación de las sociedades y la cultura que las crea. Y nosotros, los latinoamericanos, tenemos fama de crear las ciudades más grandes, pero inhóspitas y violentas del mundo. Y tampoco es una coincidencia que seamos, históricamente, Estados fuertemente centralizados, con el poder y las decisiones concentradas en el centro, en la ciudad capital. Como se pregunta el escritor mexicano Gabriel Zaid, ¿qué hacen 30 millones de personas viviendo en una ciudad, en medio de una meseta aislada del resto de mundo? Bueno, contesta Zaid, ¡ser vecinos del señor Presidente de la República! Ser vecinos del poder central.

Nuestras ciudades sufren de aquella enfermedad que algunos llaman la “tragedia de los comunes”, que es la situación que sucede cuando la gente toma decisiones en colectivo y mientras más gente, el costo de esas decisiones se concentra en un número mayor de personas, haciéndolo menos perceptible, haciendo más fácil que los beneficios se concentren en los menos. El resultado es que tengamos una obsesión por construir la gran infraestructura y demos cada vez menor énfasis a la pequeña infraestructura, esa que acerca más a la gente. Y claro, el costo de todo eso se lo transferimos a la “deuda nacional” que pagarán los que vengan después.

Con toda esta obsesión de parecernos una megalópolis, nos olvidamos por completo de que somos países que en densidad de población somos muy poco poblados, con un promedio de 60 habitantes por kilómetro cuadrado, comparado con unos 400 en países de Europa y Asia. Gastamos miles de millones en metros y autopistas y nos olvidamos que hay ciudades alternas en el país, en donde la gente también puede vivir a un costo más barato. En Holanda, uno de los países más desarrollados del mundo y con una densidad de mil 400 personas por kilómetro, mucha gente se transporta en bicicleta a sus trabajos.

En un país donde los alcaldes son poco menos que empleados del gobierno central, ¿qué más se puede esperar? Esto es lo que genera un círculo vicioso de mega estructuras que llevan a más mega estructuras y a más deuda. Cuando la solución es acercar más al ciudadano al control de su vida en sus comunidades, con regiones más autónomas. Que como se compite en béisbol, se compita en ciudades. Ciudades en las que vuelva a ser bello vivir.

 Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 27 de junio de 2011.

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