¿Contrabando de café?

Por John A. Bennett N.

A través de La Prensa nos enteramos que se habría producido un “contrabando” de café, afectando a los consumidores. El reportaje nos informa que “los caficultores panameños alegan que lo hicieron…” porque vendieron su café en Costa Rica a mejor precio. Curioso, pues quien “alega” algo, según la Real Academia, está presentando “disculpas o defensas”, ante la suposición de algún acto doloso o ilícito. Lo que yo no sabía es que el vender lo tuyo a mejor precio fuese ilegal.

Existe “contrabando” cuando se da una entrada, salida o venta clandestina de mercaderías prohibidas o sometidas a derechos en los que se defrauda a las autoridades locales. Concebir que no exista libertad para vender lo tuyo es aberrante; aun si existiesen leyes que lo prohíban, ya que las mismas leyes serían una aberración. ¿Por qué han de ser los cafetaleros quienes subvencionan a los consumidores locales; o peor, a los intermediarios o vendedores de última instancia?

Si el Gobierno quiere subvencionar el consumo del café, pues que lo haga, pero entonces… ¿Por qué no subvencionar las gaseosas, que igual las consume el pueblo? Tengamos presente que no podemos importar si primero no exportamos. Igual, no podemos comprar si antes no vendemos, para poder tener el dinero para comprar. Siempre se ha hecho hincapié en la necesidad de exportar, pero de pronto resulta que no en el caso del café. Mañana podría ser pescado, sandía, melones, etcétera, pues dichas exportaciones encarecen el precio de estos productos al local. Pero incluso los mismos cafetaleros claman por la protección contra las importaciones, de manera que estamos frente a las incongruencias que nos anclan al subdesarrollo.

La otra cara de la moneda son los aranceles de importación. En el caso que nos ocupa sobre el presunto “contrabando”, se habla de la necesidad de proteger al consumidor de cafeína. Pero, ¿acaso los aranceles de protección no encarecen cosas mucho más fundamentales, como los alimentos y otros?

Los precios constantemente gravitan hacia los más naturales o benéficos en un mercado sin intervenciones carentes de sentido; pero la telaraña de interacciones en un mercado son tan vastas y complejas que por regla general la intervención en cualquiera de sus partes conlleva resultados impredecibles por otras.

Por ejemplo, bien han señalado los cafetaleros que esta bonanza de precios, la cual nadie garantiza, les sirve para ponerse al día en sus deudas e inversiones. Si tanto cacareamos la necesidad de proteger al agro, ¿acaso este no es el caso? Los más destacados economistas de la historia encontraron que la prosperidad se maximiza con la interacción entre individuos y se minimiza con la interferencia estatal. Igual determinaron que los mal concebidos esfuerzos para mejorar a unos actores del mercado siempre terminan desmejorando a otros; y para ello no es el Gobierno.

Lo que más ejemplifica lo señalado es la capacidad del histórico sistema politiquero interventor para torcer el significado de las palabras al punto que parecemos estar en la Torre de Babel. “Derechos” en su sentido original se refería a la limitación del poder central, pero hoy día lo hemos torcido para convertirlo en derechos a toda clase de protección, donde cada grupo demanda derechos cada vez más inverosímiles. No le puede vender café a un tico, pero sí yuca; pero si la yuca se pone cara, entonces es contrabando.

Hoy día la frase “libre mercado” ya no guarda su sentido original. Ahora se refiere al régimen económico bajo el cual los ciudadanos pueden vender o comprar a través de las fronteras sin violar un mar de normas, y gran parte de carácter proteccionista. Ya los gobiernos se meten en nuestros asuntos dictándonos condiciones bajo el supuesto de que se protegen ciertos intereses grupales y, ¡claro está!, con ello se favorecen unos y pierden otros.

La diferencia entre “mercantilismo” y libre mercado es que en el primero el Gobierno decide qué es bueno y qué no. La cosa ha llegado a tales extremos que vemos gobiernos garantizando a grandes empresas sus negocios de exportación importación. A todo esto hay que ver quién logra la anhelada “protección” o “incentivo” y quién no. Si te portas bien, pasas.

F. A. Hayek bien lo señaló en su obra de 1944 El Camino a la Servidumbre: “Si las relaciones comerciales internacionales en vez de efectuarse entre individuos se convierten en las relaciones entre naciones organizadas como cuerpos comerciales, ello inevitablemente se convertirá en una fuente de fricciones y envidias”. Igual, Ludwig von Mises señaló que “el establecimiento de un organismo internacional para la planificación del comercio exterior terminará en un hiperproteccionismo”.

En síntesis, estamos hablando de descentralización, algo que en teoría pocos adversan, pero en la práctica… esa es harina de otro costal.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 6 de junio de 2011.

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