La corrupción del asistencialismo

Por John A. Bennett N.

El asistencialismo se corrompe cuando en vez de ser un fidedigno instrumento del necesitado lo convertimos en artilugio para pescar votos. En EU algunos beneficios asistenciales, que se otorgan vía tarjetas de debito, se canjean en casinos, clubes de striptease y otros sitios parecidos. Y es que “asistir al prójimo” es algo de la persona, la familia y la comunidad que no puede ser masificado y politizado.

La solidaridad es algo personal y complejo y cuando los politicastros de este mundo creen ser magnánimos y solidarios con el dinero ajeno, terminan destruyendo una de las instituciones fundamentales de la sociedad. También es común ver que la asistencia humanitaria internacional se use de forma pervertida. El problema de fondo es el querer delegar lo indelegable, alargando la cadena de intermediarios a la asistencia.

En general, los problemas sociales son el resultado una disfuncionalidad cultural, que nos lleva los gobiernos que nos merecemos. Si en tales circunstancias las cosas no andan bien y se requiere tirar toallas asistenciales, la solución no está en delegar dicha responsabilidad personal.

Y todo esto sin entrar a considerar que en los programas de asistencia, que salen de los impuestos, la mayor parte del dinero se pierde en una gestión brutalmente ineficiente y corrupta; que no es el caso cuando la asistencia es personal. Por ello nuestros esfuerzos deberían estar enfocados a entender y proteger los mecanismos naturales de ayuda y no a encargárselos a terceros y menos si son gobierno.

La tentación en todo esto es distanciarse del problema engorroso. Los fondos de asistencia delegados al Gobierno por la vía impositiva toman una ruta tortuosamente larga, al punto que típicamente al verdaderamente pobre le llega menos del 10% de la inversión recaudada. Peor aún, es que ese poco que logra pasar por los filtros de la burocracia típicamente es de una calidad tan mala que no ayuda.

En el fondo de todo esto brega otro fenómeno; el de quienes aprendieron y prefieren vivir de la caridad y en ello malgastan los dones que les son connaturales. Así veremos, tanto en Panamá como en otros países, que las comunidades que más mal andan son, precisamente, aquellas receptoras de subvenciones mal concebidas. Este es el caso de algunas comunidades que antes de los “beneficios” económicos que les han repartido, se afanaban en el agro, y ya no. Luego, el día de las vacas flacas, cuando el Gobierno no tenga más para repartir, veremos situaciones muy trágicas.

Lo mismo ocurre con la educación supuestamente “gratuita”. El ciudadano simplemente se sienta a esperar que el Gobierno los eduque, en vez de afanarse en su propia educación. Típico es que las asignaciones presupuestarias de asistencia social no graviten hacia el más necesitado sino hacia el más gritón; igual que ocurre con los pichones en un nido de aves. Lastimosamente la tentación que siente el mal político por manejar el dinero ajeno es incontrolable y, por ello, es imperativa la descentralización.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 31 de mayo de 2011.

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