Educación y rendición de cuentas

Por John A. Bennett N.

Cuando una sociedad elige delegar al aparato gubernamental la delicada función de educar a los que menos tienen, bajo la incierta premisa de una “educación igual para todos”, también debe asegurarse de que ciertos mecanismos sociales sigan funcionando. Y, uno de esos mecanismos insoslayables es el de la rendición de cuentas. La rendición de cuentas es una de las claves para el funcionamiento de toda sociedad; sea esto en el comercio de mercancías o servicios; y la educación no se escapa de ello.

Al centralizar cualquier actividad que en su esencia corresponde a los particulares y a sus actividades comerciales, es muy fácil que en ello se vayan perdiendo elementos clave.

Buenos estudios han demostrado, con mucha claridad, que los mecanismos de rendición de cuentas que funcionan a nivel directo entre padres y los dueños de escuelas privadas, incluyendo las que sirven el mercado de los pobres, dejan de funcionar al ser trasladadas al ámbito estatal; por tratarse de un ámbito propenso a la politiquería.

Instituciones internacionales han llegado a reconocer la existencia de lo que algunos de sus expertos llaman “la ruta corta” hacia la rendición de cuentas. Esta ruta corta existe en contraposición con la larga, en la que se supone que la rendición se logra al votar por políticos quienes, a su vez, deben aplicar los mecanismos regulatorios del proceso político.

¿Por qué será, entonces, que tantos prefieren los procesos centralizados? ¿Quién no se ha sentido burlado y hasta humillado en una oficina pública, frente a funcionarios apáticos o peor? Lo que está detrás de todo este complejo de instituciones disfuncionales es la inmensa maquinaria estatal que para su subsistencia se nutre del alimento burocrático. Para el centralista, el libre mercado es un campo estítico, en donde escasean los mecanismos del poder y del dinero sucio.

Un informe del Banco Mundial en el año 2004 describe el proceso de rendición con exactitud, al señalar que es como comprar un emparedado: “Uno pide el sándwich –delegación– entonces lo paga –financiamiento. El sándwich te lo preparan –eficacia–. Te lo comes –generación de información relevante acerca de la calidad–. Luego uno escoge si vuelve o no a comprar en ese establecimiento –rendición de cuentas–.

En síntesis, la rendición de cuentas es una relación entre el comprador y el proveedor, la cual está compuesta de cinco partes constitutivas: delegación, financiamiento, eficacia, información y rendición de cuentas. Y todas estas partes son importantes, según lee el informe del PNUD. Si cualquiera de ellas no está se producen “fallas del servicio”.

De acuerdo con el Banco Mundial, uno de los problemas severos al usar el proceso político para la reforma del sistema educativo para beneficiar a los más pobres es la politización de dicho proceso: la educación se ha convertido en un campo de batalla, en el que diferentes grupos de la sociedad compiten por los recursos públicos escasos, los que, a menudo, van en contraposición a los deseos de su gente.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 28 de junio de 2011.

Cuando lo feo se hace ciudad

Por Olmedo Miró.

Describía un historiador romano que cuando las tribus bárbaras invadieron Roma, al ver que el agua fluía alegremente de los grifos, convenientemente desplegados por toda la ciudad, quedaban totalmente maravillados ante el portento. Tanto así, que iban por toda la ciudad arrancando esos grifos maravillosos para llevárselos a sus pueblos. ¡Cuál habrá sido la sorpresa de nuestros bárbaros cuando, al instalarlos en sus pueblos, el agua no brotaba igual que en Roma!

Posiblemente, no somos tan neófitos como estos bárbaros para pensar que un grifo funcione sin la infraestructura detrás de él, pero en nuestros países no paramos de importar legislaciones, autopistas, edificios y todas esas cosas que simbolizan el progreso, pero sin crear la infraestructura necesaria, que comienza con nuestra cultura.

El resultado, las clásicas megalópolis latinoamericanas grandes y llenas de símbolos de modernidad, pero en el fondo caóticas, sin vida, llenas de crímenes y de barbarie. Todo esto producto de un desarrollo que intenta ser planificado, pero que olvida que el verdadero sentido del desarrollo es el que siempre ha sido y será, que es la promoción de la convivencia.

Este desarrollo está liderado por nuestros Estados, fuertemente centralizados, que gracias a los impuestos que cobran y a su poder para apalancar deudas se han convertido en los desarrolladores exclusivos de infraestructura pública. Y si hay una inversión que simboliza mejor que nada el poder de gasto del Estado, es la inversión en carreteras y autopistas.

Es el caso de las autopistas, posiblemente la manifestación más evidente del Estado en nuestra sociedad. Nuestros políticos se apuran a endeudarnos para inscribir su nombre en ellas, así como si fuera obra de ellos. Pero estas autopistas tienen una característica paradójica, en vez de acercar, como lo debe de hacer una vía de comunicación, ¡alejan! Nunca hemos tenido tanta infraestructura vial en el país y nunca hemos tenido más tranques.

Los corredores y autopistas que se han creado obligan a una dependencia mayor del auto y han forzado a la gente a vivir cada vez más lejos de los centros urbanos y más aislados unos de otros. El resultado es una ciudad inhóspita, una sociedad más fragmentada, con sus lógicas consecuencias de más inseguridad. Y eso que estamos muy lejos de ser una ciudad grande, con un millón de habitantes en el centro urbano de Panamá, más medio en las afueras.

¿Por qué sucede esto? Las ciudades son manifestación de las sociedades y la cultura que las crea. Y nosotros, los latinoamericanos, tenemos fama de crear las ciudades más grandes, pero inhóspitas y violentas del mundo. Y tampoco es una coincidencia que seamos, históricamente, Estados fuertemente centralizados, con el poder y las decisiones concentradas en el centro, en la ciudad capital. Como se pregunta el escritor mexicano Gabriel Zaid, ¿qué hacen 30 millones de personas viviendo en una ciudad, en medio de una meseta aislada del resto de mundo? Bueno, contesta Zaid, ¡ser vecinos del señor Presidente de la República! Ser vecinos del poder central.

Nuestras ciudades sufren de aquella enfermedad que algunos llaman la “tragedia de los comunes”, que es la situación que sucede cuando la gente toma decisiones en colectivo y mientras más gente, el costo de esas decisiones se concentra en un número mayor de personas, haciéndolo menos perceptible, haciendo más fácil que los beneficios se concentren en los menos. El resultado es que tengamos una obsesión por construir la gran infraestructura y demos cada vez menor énfasis a la pequeña infraestructura, esa que acerca más a la gente. Y claro, el costo de todo eso se lo transferimos a la “deuda nacional” que pagarán los que vengan después.

Con toda esta obsesión de parecernos una megalópolis, nos olvidamos por completo de que somos países que en densidad de población somos muy poco poblados, con un promedio de 60 habitantes por kilómetro cuadrado, comparado con unos 400 en países de Europa y Asia. Gastamos miles de millones en metros y autopistas y nos olvidamos que hay ciudades alternas en el país, en donde la gente también puede vivir a un costo más barato. En Holanda, uno de los países más desarrollados del mundo y con una densidad de mil 400 personas por kilómetro, mucha gente se transporta en bicicleta a sus trabajos.

En un país donde los alcaldes son poco menos que empleados del gobierno central, ¿qué más se puede esperar? Esto es lo que genera un círculo vicioso de mega estructuras que llevan a más mega estructuras y a más deuda. Cuando la solución es acercar más al ciudadano al control de su vida en sus comunidades, con regiones más autónomas. Que como se compite en béisbol, se compita en ciudades. Ciudades en las que vuelva a ser bello vivir.

 Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 27 de junio de 2011.

Más deuda, pero menos seguridad jurídica

Por Diego Quijano.

Algunos economistas venimos advirtiendo desde hace un tiempo que las agencias calificadoras parecían estar muy optimistas en sus evaluaciones del perfil de la deuda estatal de Panamá.

Señalamos en su momento que el mejoramiento del perfil se debía al desempeño económico y las recaudaciones fiscales, y que el sello de aprobación de las agencias calificadoras solo serviría para impulsar un aumento en el endeudamiento en lugar de incentivar un manejo más prudente de los fondos públicos.
Ahora, descubrimos que en el tiempo que lleva este gobierno, el ritmo de crecimiento de la deuda pública total (13%) ha sido mayor que el del PIB (7.5%-9.5%).
Esta deuda adicional resulta preocupante en vista de que el gobierno continúa expandiendo su actividad en la economía mediante la firma de contratos de llave en mano. Si bien consideramos que este tipo de acuerdos son los más apropiados para el desarrollo de grandes proyectos, el gobierno no está revelando claramente los compromisos totales adquiridos ni el nivel de endeudamiento adicional requerido para financiarlos.
A la vez, hay dudas sobre la sostenibilidad financiera de proyectos como el Metro, que a mediano plazo implicarían un lastre sobre las finanzas públicas. A pesar de ello, se siguen encarando nuevos proyectos de infraestructuras estatales que requerirán más deuda e impuestos para pagarla. En tiempos de vacas gordas habría que aprovechar para reducir la deuda total y no emprender proyectos faraónicos cuya sostenibilidad financiera, justificación económica o magnitud sean cuestionables. El gobierno ya tiene suficiente en sus manos y tiene grandes problemas que resolver en materia de la confiabilidad del sistema judicial y la celeridad de sus respuestas.
Esto es un ejemplo de lo que el autor de Good to Great, Jim Collins, llama la búsqueda de la atención, del protagonismo, del querer estar en el candelero. Por supuesto, es mucho más divertido dirigir un proyecto de macroinfraestructura o un ícono de la ciudad, pero no es tan emocionante enfrentar los problemas complejos y, pudiéramos decir, aburridos, que encontramos en el sistema judicial, a pesar de que son los realmente importantes.
Enfoque publicado en diario La Prensa el sábado 18 de junio de 2011.

¿Aumento general de salarios?

Por John A. Bennett N.

Sin lugar a dudas el costo de vida se dispara y se hace imperativo buscar la manera de mejorar la situación de los colaboradores asalariados en el país; pero, el reto es cómo hacerlo. Algunos sectores abogan por un “aumento general,” lo cual no tiene sentido. Va en contra de los más desposeídos que no tienen salario, tal como los del sector informal, que anda cerca del 40%. ¿Quién le da el aumento a estos panameños? Pero lo que sí les llegará es el inevitable incremento en los precios, producto de los costos aumentados de producción.

Las empresas y todo el que paga un salario no siempre puede traspasar los costos aumentados a sus clientes, y terminamos con efectos indeseables; tales como una micha de pan que ya casi es microscópica; y un descenso de la calidad de productos y servicios; y peor aún, con desempleo. ¿Entonces, cómo le hacemos?

Los salarios son precios; en este caso, precios por servicios, y el día en que comiencen a ser dictados desde palacio y no mediante acuerdos voluntarios, nos podemos catalogar como un régimen autoritario.

Típicamente el mercado es lerdo ajustándose a situaciones como la que estamos viviendo. No todas las empresas tendrán la misma capacidad de ajustar salarios a corto plazo; considerando que a las mismas empresas les habrá subido el costo de operación y muchas deberán efectuar ajustes para no caer en bancarrota. Y mientras esos ajustes no se logren y sean efectivos, no podrán mejorar sus salarios; pero eso es mejor que despedir personal y peor aún sería cerrar la empresa.

Es aconsejable encontrar la manera de abordar la situación económica que se nos está presentando como producto de la devaluación del dólar y de su poder adquisitivo. Pero debemos hacerlo mancomunadamente y no como se ha vuelto norma, formando alborotos.

Debemos estar conscientes que la crisis económica no está amainando sino lo contrario, debido a las malas tendencias que tienen los gobiernos de intervenir en la economía ciudadana. Ya se habla de un doble bajón de la recesión estadounidense; que de darse traerá importantes consecuencias para nuestra economía.

Las alternativas son escasas y difíciles, pero mucho más lo serán si no somos capaces de unir esfuerzos ante una situación que en gran medida es importada. Existen medidas locales que pueden suavizar la situación, y algunas ya las adelanta el gobierno, con lo del nuevo sistema de transporte; mejoramiento vial; y genial sería la descentralización de las escuelas públicas. Habrán otras alternativas, pero sólo si las buscamos mancomunadamente.

Artículo publicado en el diario El Panamá América el miércoles 8 de junio de 2011.

¿Contrabando de café?

Por John A. Bennett N.

A través de La Prensa nos enteramos que se habría producido un “contrabando” de café, afectando a los consumidores. El reportaje nos informa que “los caficultores panameños alegan que lo hicieron…” porque vendieron su café en Costa Rica a mejor precio. Curioso, pues quien “alega” algo, según la Real Academia, está presentando “disculpas o defensas”, ante la suposición de algún acto doloso o ilícito. Lo que yo no sabía es que el vender lo tuyo a mejor precio fuese ilegal.

Existe “contrabando” cuando se da una entrada, salida o venta clandestina de mercaderías prohibidas o sometidas a derechos en los que se defrauda a las autoridades locales. Concebir que no exista libertad para vender lo tuyo es aberrante; aun si existiesen leyes que lo prohíban, ya que las mismas leyes serían una aberración. ¿Por qué han de ser los cafetaleros quienes subvencionan a los consumidores locales; o peor, a los intermediarios o vendedores de última instancia?

Si el Gobierno quiere subvencionar el consumo del café, pues que lo haga, pero entonces… ¿Por qué no subvencionar las gaseosas, que igual las consume el pueblo? Tengamos presente que no podemos importar si primero no exportamos. Igual, no podemos comprar si antes no vendemos, para poder tener el dinero para comprar. Siempre se ha hecho hincapié en la necesidad de exportar, pero de pronto resulta que no en el caso del café. Mañana podría ser pescado, sandía, melones, etcétera, pues dichas exportaciones encarecen el precio de estos productos al local. Pero incluso los mismos cafetaleros claman por la protección contra las importaciones, de manera que estamos frente a las incongruencias que nos anclan al subdesarrollo.

La otra cara de la moneda son los aranceles de importación. En el caso que nos ocupa sobre el presunto “contrabando”, se habla de la necesidad de proteger al consumidor de cafeína. Pero, ¿acaso los aranceles de protección no encarecen cosas mucho más fundamentales, como los alimentos y otros?

Los precios constantemente gravitan hacia los más naturales o benéficos en un mercado sin intervenciones carentes de sentido; pero la telaraña de interacciones en un mercado son tan vastas y complejas que por regla general la intervención en cualquiera de sus partes conlleva resultados impredecibles por otras.

Por ejemplo, bien han señalado los cafetaleros que esta bonanza de precios, la cual nadie garantiza, les sirve para ponerse al día en sus deudas e inversiones. Si tanto cacareamos la necesidad de proteger al agro, ¿acaso este no es el caso? Los más destacados economistas de la historia encontraron que la prosperidad se maximiza con la interacción entre individuos y se minimiza con la interferencia estatal. Igual determinaron que los mal concebidos esfuerzos para mejorar a unos actores del mercado siempre terminan desmejorando a otros; y para ello no es el Gobierno.

Lo que más ejemplifica lo señalado es la capacidad del histórico sistema politiquero interventor para torcer el significado de las palabras al punto que parecemos estar en la Torre de Babel. “Derechos” en su sentido original se refería a la limitación del poder central, pero hoy día lo hemos torcido para convertirlo en derechos a toda clase de protección, donde cada grupo demanda derechos cada vez más inverosímiles. No le puede vender café a un tico, pero sí yuca; pero si la yuca se pone cara, entonces es contrabando.

Hoy día la frase “libre mercado” ya no guarda su sentido original. Ahora se refiere al régimen económico bajo el cual los ciudadanos pueden vender o comprar a través de las fronteras sin violar un mar de normas, y gran parte de carácter proteccionista. Ya los gobiernos se meten en nuestros asuntos dictándonos condiciones bajo el supuesto de que se protegen ciertos intereses grupales y, ¡claro está!, con ello se favorecen unos y pierden otros.

La diferencia entre “mercantilismo” y libre mercado es que en el primero el Gobierno decide qué es bueno y qué no. La cosa ha llegado a tales extremos que vemos gobiernos garantizando a grandes empresas sus negocios de exportación importación. A todo esto hay que ver quién logra la anhelada “protección” o “incentivo” y quién no. Si te portas bien, pasas.

F. A. Hayek bien lo señaló en su obra de 1944 El Camino a la Servidumbre: “Si las relaciones comerciales internacionales en vez de efectuarse entre individuos se convierten en las relaciones entre naciones organizadas como cuerpos comerciales, ello inevitablemente se convertirá en una fuente de fricciones y envidias”. Igual, Ludwig von Mises señaló que “el establecimiento de un organismo internacional para la planificación del comercio exterior terminará en un hiperproteccionismo”.

En síntesis, estamos hablando de descentralización, algo que en teoría pocos adversan, pero en la práctica… esa es harina de otro costal.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 6 de junio de 2011.

La corrupción del asistencialismo

Por John A. Bennett N.

El asistencialismo se corrompe cuando en vez de ser un fidedigno instrumento del necesitado lo convertimos en artilugio para pescar votos. En EU algunos beneficios asistenciales, que se otorgan vía tarjetas de debito, se canjean en casinos, clubes de striptease y otros sitios parecidos. Y es que “asistir al prójimo” es algo de la persona, la familia y la comunidad que no puede ser masificado y politizado.

La solidaridad es algo personal y complejo y cuando los politicastros de este mundo creen ser magnánimos y solidarios con el dinero ajeno, terminan destruyendo una de las instituciones fundamentales de la sociedad. También es común ver que la asistencia humanitaria internacional se use de forma pervertida. El problema de fondo es el querer delegar lo indelegable, alargando la cadena de intermediarios a la asistencia.

En general, los problemas sociales son el resultado una disfuncionalidad cultural, que nos lleva los gobiernos que nos merecemos. Si en tales circunstancias las cosas no andan bien y se requiere tirar toallas asistenciales, la solución no está en delegar dicha responsabilidad personal.

Y todo esto sin entrar a considerar que en los programas de asistencia, que salen de los impuestos, la mayor parte del dinero se pierde en una gestión brutalmente ineficiente y corrupta; que no es el caso cuando la asistencia es personal. Por ello nuestros esfuerzos deberían estar enfocados a entender y proteger los mecanismos naturales de ayuda y no a encargárselos a terceros y menos si son gobierno.

La tentación en todo esto es distanciarse del problema engorroso. Los fondos de asistencia delegados al Gobierno por la vía impositiva toman una ruta tortuosamente larga, al punto que típicamente al verdaderamente pobre le llega menos del 10% de la inversión recaudada. Peor aún, es que ese poco que logra pasar por los filtros de la burocracia típicamente es de una calidad tan mala que no ayuda.

En el fondo de todo esto brega otro fenómeno; el de quienes aprendieron y prefieren vivir de la caridad y en ello malgastan los dones que les son connaturales. Así veremos, tanto en Panamá como en otros países, que las comunidades que más mal andan son, precisamente, aquellas receptoras de subvenciones mal concebidas. Este es el caso de algunas comunidades que antes de los “beneficios” económicos que les han repartido, se afanaban en el agro, y ya no. Luego, el día de las vacas flacas, cuando el Gobierno no tenga más para repartir, veremos situaciones muy trágicas.

Lo mismo ocurre con la educación supuestamente “gratuita”. El ciudadano simplemente se sienta a esperar que el Gobierno los eduque, en vez de afanarse en su propia educación. Típico es que las asignaciones presupuestarias de asistencia social no graviten hacia el más necesitado sino hacia el más gritón; igual que ocurre con los pichones en un nido de aves. Lastimosamente la tentación que siente el mal político por manejar el dinero ajeno es incontrolable y, por ello, es imperativa la descentralización.

Artículo publicado en el diario La Prensa el martes 31 de mayo de 2011.