Dejad que los niños trabajen

Por Olmedo Miró

Hace un tiempo leí el titular de un periódico estadounidense que decía: “el desempleo adolescente en EU está llegando a una cifra “récord” de 32%”. Me pareció una de esas noticias inocuas, que uno lee por accidente y a las que no le da importancia, hasta que un día pregunté: ¿cúal es la cifra de desempleo adolescente en Panamá? ¿Cuántos jóvenes panameños comienzan a cotizar en la CSS, antes de los 18 años?

“Muchachos de 16 a 19 años, que buscan trabajo”, es como se define el empleo adolescente en Estados Unidos. En el caso de Panamá, resulta que no se sabe con certeza, pero lo peor es que ni siquiera nos interesa saberlo. ¡Aquí ni siquiera se asume que un adolescente deba trabajar! La pregunta del millón es ¿qué hace un muchacho de estas edades, cargado en energía y hormonas y en una familia necesitada, sintiéndose como un total inútil tratando de entender química o filosofía y demás incoherencias del currículum nacional, sin medianamente entender el propósito de todo ese estudio?

Es típico de muchos panameños, que hemos tenido el privilegio de viajar y convivir con una sociedad de primer mundo como en Estados Unidos, regresar sorprendidos con historias de cómo el “gringuito” desde muy niño tenía sus ingresos por cortar la grama a los vecinos o de la niña que desde los 14 años ya lucha por conseguir empleo como babysiter, del famoso repartidor de periódicos o de los chiquillos que venden hamburguesas y helados en el mall. El hecho es que cuando entran a la universidad o realizan otros estudios, ya muchos de ellos tienen un más fuerte sentido de propósito y dirección, que solo da la experiencia de haberse sentido útil desde pequeño; experiencia que un joven panameño no tiene ni tendrá por casi un tercio de su vida.

Y dirán ustedes, entonces, ¿qué pasa con su educación? Bueno, es hacia allá adonde me dirigía; quiero desbancar esa terriblemente equivocada noción que quieren difundir en nuestro país esos círculos “educacionistas” en el sentido de “que el trabajo está en conflicto con la educación”. “Aquel niño que trabaja no se educa”, dice la propaganda, cuando es exactamente todo lo contrario. La educación es, y solo puede ser, un medio para un fin, y su fin es hacer del trabajo más efectivo con lo que se aprende. La producción y el trabajo son la razón de ser de la educación. El trabajo da valor a la educación y no lo contrario.

¿Para qué sirvo yo? ¿Alguno de ustedes pudo contestar esta pregunta antes de los 18? De haberlo hecho, les aseguro que su vida sería mucho mejor, porque a esa edad resulta más fácil corregir el rumbo, no cuando uno tiene más de un tercio de su vida recorrida, como usualmente sucede. Es aquí cuando entra en juego la educación o, mejor dicho, la buena educación. La educación no es más que “educir”, cito a un amigo, o “sacar de adentro” esas cosas que son tu razón de ser; es conocerte a ti mismo. Conocer la respuesta a la pregunta ¿para qué sirvo yo?, es el propósito de la buena educación; el problema es que cuando más se aleja la educación de los niños del trabajo del adulto en la sociedad, más difícil se hace responderla.

Es por eso que con todas estas leyes “contra el trabajo infantil” y con el permanente alargamiento de la escuela, que hace que cada día nuestros jóvenes lleguen más y más tarde a la vida productiva, la “educación” que supuestamente queremos impartir en nuestros centros de estudios se convierte en un despropósito. La educación actual, alejada del trabajo, no es más que una eterna frustración para los jóvenes. Nuestras escuelas se convierten en verdaderos armarios, por no decir cárceles, en donde se “archiva” a los jóvenes, con todas sus energías, para que estudien cosas que no tienen ningún sentido para ellos. Algunos aguantan con apatía, otros desertan.

La razón de todo este caos es simple para el doctor Robert Epstein, un sicólogo norteamericano famoso por un test que indica el nivel de “adultez” en los niños, la sociedad moderna trata de impedir la entrada de los niños a la vida adulta haciéndola lo más tardío posible. Los jóvenes alrededor de los 15, naturalmente, tienen un irreprimible deseo por ser adultos. Casi todas las culturas tradicionales tienen ritos de adultez alrededor de esta edad, sin embargo, las leyes modernas lo prohíben. El resultado es el “adolescente” con todos sus problemas, que no es más que el reflejo de todas esas frustraciones. La rebeldía y violencia en el adolescente. Es por esto que las estadísticas del desempleo adolescente son importantes en EU, porque son un indicador de la criminalidad. Si la sociedad formal les impide la entrada muchos probarán el submundo criminal que sí les da la bienvenida.

Desde Leonardo da Vinci a Mark Suckerberg de Facebook, todos tienen algo en común, trabajaron desde temprana edad. Ellos supieron desde temprano que el conocimiento y la productividad van de la mano. El día que nuestro sistema educativo descubra esto, será el día que nuestras escuelas creen hombres que transformen el mundo y no la “titulocracia” sin sentido actual.

Artículo publicado en el diario La Prensa el lunes 9 de mayo de 2011.

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